martes, 11 de marzo de 2014

89 NATALICIO DEL POETA VÍCTOR MAZZI TRUJILLO.



El poeta Víctor Mazzi Trujillo nació en el distrito minero de Morococha un 17 de marzo de 1925. En recuerdo de su vida y obra poética, insertamos el testimonio del poeta y matemático Artídoro Velapatiño, quien narra su amistad con el vate y sus vivencias como miembro integrante del GIPM.

onocí a Víctor Mazzi Trujillo, en 1966, cuando él vendía libros en un puesto ubicado en las escaleras que conducían al comedor de estudiantes de la Escuela Normal Superior, que después de una ardua lucha con huelgas y marchas, se convirtió en Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta.

Vendía libros de política, ciencias sociales, pero sobre todo de literatura. En alguna de nuestras primeras conversaciones, me enteré que él era un famoso poeta obrero. Yo le mostré algunos de mis primeros poemas y él me animó a seguir escribiendo y me recomendó algunas lecturas. Muy pronto congeniamos, así llegué a saber de la existencia del Grupo Intelectual Primero de Mayo, del cual Víctor había sido fundador junto al poeta obrero Leoncio Bueno y otros intelectuales obreros como Eliseo García, José Guerra Peñaloza y Carlos Loayza.

Tenía en su sala, una pequeña mesa de trabajo, con su máquina de escribir Remington, un viejo sillón y un famoso sofá donde pernocté infinitas veces. Había también un tocadiscos y por allí estaban algunos libros y una ruma de discos de 45 y 33 r. p.m. y también viejos discos de 78 r.p.m. que se ejecutaban en una vieja vitrola.

Escribía sus poemas a mano con lápiz o con una pluma metálica mojando en un tintero. Cuando usaba su vieja máquina de escribir, lo hacía usando un sólo dedo: el índice de la mano derecha. Había adquirido cierta habilidad con esa extraña manera de escribir y lo hacía a una velocidad notable. Yo a veces le llevaba mis poemas para recibir su crítica que era severa, aunque sin la rigurosidad de Segundo Cancino, porque a veces era condescendiente conmigo, porque tenía fe en que mejoraría. Con otros jóvenes era implacable.

Nuestras conversaciones eran largas. Él me contaba su niñez y sus experiencias como obrero, siempre con el fondo musical de jazz, tango, música clásica o folklore. A veces me leía poemas de Hesíodo, Luis Cernuda, Nazim Hikmet, Elvio Romero, Carlos Oquendo de Amat y luego comentábamos. A veces me acompañaba David Valenzuela. Muchas veces teníamos que culminar la conversación, porque tenía que volver a la residencia estudiantil de la Universidad La Cantuta.

Pronto me convertí en su asiduo visitante, donde se suscitaban amenas charlas sobre literatura, pintura, arte, política, pedagogía o de lo que sea, y donde concurrían estudiantes y docentes. Se sumaba a la conversación Ricardo Respaldiza, era de aquellos maestros que prolongan su cátedra más allá de las aulas. También el novelista Oswaldo Reynoso, aunque no tuve la suerte de tenerlo entre mis maestros, porque yo soy de la especialidad de Matemática. Él fue uno de mis primeros lectores críticos y consejeros. A veces pasaban por ahí Juan Gonzalo Rose, Ricardo Dolorier Urbano; el profesor Rojas Penas. Solían detenerse para charlar un rato Guillermo Daly y Luis Yañez, Y como no, el Rector Juan José Vega, a quien mis compañeros de promoción de la especialidad de Historia lo recuerdan con cariño y agradecimiento. En fin gente de alguna trascendencia, si no caía por ahí, al menos resbalaba.

Es la época en que conocí más a fondo la creación literaria de Víctor y a través de él a Nazim Hikmet, a Federico García Lorca (cuya poesía escuchábamos a través del gran Jorge Mistral, en especial el Romancero Gitano y el célebre Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, quizá una de sus inmortales elegías junto a las Coplas de Manrique y la Elegía a Ramón Sijé), a Miguel Hernández y al entrañable poeta paraguayo, Elvio Romero (amigo personal de Víctor y célebre biógrafo de Miguel Hernández), a Luis Cernuda, a Luis de Góngora, al abuelo instantáneo de los dinamiteros (Vallejo dixit) Francisco de Quevedo, a Sor Inés de la Cruz, a Hesíodo, a Antonio Machado, a Juan Gelman, a Vicente Aleixandre, entre otros muchos. Víctor además de leer con emoción y énfasis matizaba las conversaciones con innumerables anécdotas y respondía a nuestras acuciosas preguntas. Tenía una información bárbara, no sólo sobre literatura proletaria, nos hablaba con la misma desenvoltura de Walt Withman, T.S. Eliot, Ezra Pound, John Keats, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y Bertold Brecht (a quien ya leía desde la Academia Preuniversitaria de la Federación de Estudiantes de la UNSCH). Y por supuesto, cada lectura y conversación escuchando jazz. Ahí estaban: Bix Beiderbecke y su inmortal corneta, Louis Armstrong y su trompeta con voz ronca y rasposa, Billie Holiday con su voz dulce y débil pero potenciada por la magia del micrófono, Bessie Smith la más grande cantante del Blues, Duke Ellington genial creador y director de orquesta donde cada integrante es a su vez estrella, el inmortal y genial renovador Charlie «Bird» Parker y su saxo alto, -para quien el entrañable Julio Cortázar escribió El perseguidor (su biografía) y el gran Clint Eastwood lo eternizó con su filme Bird-; las célebres cascadas pianísticas de Erroll Garner. El saxo tenor de Coleman Hawkins, Lester Young, Stan Getz (mi favorito) y un largo etc, etc, etc. En guitarra Charlie Christian, el gitano Django Reinhardt, Wes Montgomery, entre otros. Nat King Cole en su fase jazzística, no cuando se convirtió en comercial y populista. Mención aparte merece el gran trompetista Miles Davis y su canto, silente y de protesta, innovador del jazz y del rock, el primero en fusionar ambas vertientes con talento y creatividad, a quien Víctor le dedicó varios poemas. También traté de homenajearlo en Orfeo, después de los infiernos. Todo lo que sé de jazz lo aprendí de Víctor.

"Todo lo que sé de Jazz lo aprendí de Víctor". Poeta
Velapatiño en Tacna, enero 2014.
Pero no sólo era jazz lo que escuchábamos, también era el tango, del cual Víctor tenía una envidiable colección, especialmente de Aníbal Troilo, Carlitos Gardel, Libertad Lamarque, la entrañable Tita Merello y sobre todo Julio Sosa. Yo soy hincha del Tango desde la primaria, porque en las radiolas serranas nunca faltaban tangos y música mejicana. Y también era folklore latinoamericano, especialmente argentino. Pero sobre esto, mis conocimientos iban casi a la par con los de Víctor, porque también yo desde estudiante de secundaria me había gustado mucho todo lo referente a folklore y había coleccionado folklore peruano en primer lugar, mejicano y argentino, especialmente Atahualpa Yupanqui y los Chalchaleros. Pero con Víctor pude conocer también folklore colombiano, chileno, venezolano y paraguayo. A través de él pude conocer a nuevas figuras del folklore argentino como Carlos Di Fulvio, Los Cantores de Quilla Huasi, los Fronterizos, Julia Elena Dávalos, los Hermanos Dávalos, entre otros muchos.

Leoncio Bueno, junto a Víctor es uno de los más destacados poetas obreros fundadores del GIPM, gran conversador y muy noble en su trato. Creo que es una de las grandes voces del GIPM. En su taller de mecánica automotriz El Tungar (recuérdese su poemario Al pie del Tungar) ubicado en Breña, nos reuníamos los sábados a las 4 p.m., reuniones que se prolongaban hasta muy entrada la noche. Allí los miembros del GIPM daban lectura de sus creaciones en poesía, cuento y ensayo y eran sometidos a una feroz crítica donde Víctor y Leoncio, eran los supremos jueces. A veces concurría Spencer O’Connor (intelectual inglés radicado en Chosica) que era el más despiadado crítico y despotricaba contra la abundancia de poetas jóvenes en el Perú. Las reuniones en El Tungar eran acompañadas de enormes tazas de té con canela y clavo de olor y panes con poesía (pan francés de doble dimensión cortado en dos pero sin nada dentro). En estas reuniones Víctor daba rienda suelta a sus amplios conocimientos de literatura proletaria, matizadas por Leoncio que era otro gran conocedor, muchos de los asistentes aprendieron ahí más de literatura y arte en general que en las aulas universitarias. Leoncio, además, era y es un magnífico cocinero. Muchos años después, aquí en Tacna en 1980 me volví a encontrar con Leoncio, nos saludamos efusivamente y conversamos, larga y tendidamente. Lástima que él ya no estaba en el GIPM (es un decir, porque nunca dejó ni puede dejar de ser un auténtico y gran poeta obrero).

El último año que permanecí en Lima fue en 1973, en agosto vine a residir a Tacna por razones de trabajo, sin saber que me quedaría a radicar hasta hoy en día. A insistencia de Víctor y el decidido apoyo de Pablo Vega (quien fue mi editor), Donald Jaimes y Joaquín de los Santos, publiqué mi segundo poemario, cuyo prólogo lo hizo con generosidad Marco Martos. La presentación del libro fue en el SAYCOPE, gracias a Manuel Acosta Ojeda, quien era secretario general. En la actividad hablaron Manuel Acosta, a nombre de la institución, Marco Martos presentó oficialmente el libro y Víctor Mazzi a nombre del Grupo Intelectual Primero de Mayo.

Durante la fase de final encuadernación y colado del libro nos sobraron algunos cartones y papel. Con Donald Jaimes y Joaquín de los Santos preparamos un manuscrito fraguando un viejo códice del siglo XVI e improvisamos un cantar de gesta en castellano antiguo, que decía: «Homenaje a las fazañas del Caballero Andante Don Victor Maese Troxillo, desde su nacimiento en Apata (Junín) hasta el nacimiento de su sexto hijo Federixo, el mochacho de la sonaja roxa sobersiva», y se lo entregamos. Víctor festejó la broma con su risa estereofónica de siempre. También entre estos integrantes y Pablo Vega le propusimos a Víctor publicar una antología de su obra poética que recogiera lo mejor de su creación. La antología debía llevar el nombre: Salvajismo, Barbarie y Civilización porque pretendía ser un juicio crítico de su obra con justamente tres secciones. En Salvajismo iban a ir sus primeros poemas de Guirnalda de canciones a Chosica. En Barbarie iban ir sus poemas casi panfletarios como aquel que empezaba con: Rosa camarada mía, / te entrego la luz de mi canción…, y en Civilización irían sus poemas de madurez, donde el lirismo alcanza su más alta impresión como el poema en homenaje a Jiri Wölker: Jiri Wolker / las jarcias en altamar / las gaviotas en el muelle / y tu canto / que asiste en el rompeolas / de nuestra clase obrera…, iba a ser prologado por Francisco «Paco» Carrillo. Víctor compartía nuestro divertimento y él mismo sugería el destino de sus poemas para determinada sección.

He preferido hacer este testimonio sobre Víctor Mazzi Trujillo, de lo que significó para mí como persona, del entrañable e inolvidable amigo y maestro, y así también, de los recuerdos del Grupo Intelectual Primero de Mayo, tan presentes en este poemario que se edita en su memoria.