sábado, 6 de junio de 2015

¿TRADICIÓN CRISTIANA EN LA POESÍA DE VALLEJO?





Roque Ramírez Cueva


s harto conocido el asunto que Vallejo ha sido y es tildado de poeta místico o al menos lo rotulan de cristiano, desde luego dicha membrecía tiene una sinuosa intencionalidad de recuperar al poeta y su obra para un Estado, un orden que lo defenestró e intentó castrarlo en su condición de intelectual y artista irreverente con tal sistema.

Para señalarlo de místico se emplea el viejo fundamento, sin base ni razón alguna, de apelar al hecho de la inclusión de simbologías propias del credo cristiano en la construcción de la poesía de nuestro poeta universal y proletario (por su ideología asumida). Incluso el argumento más usado peca de simplismo porque basta la escritura de alguna palabra o de algún personaje mencionado en la Biblia para investirlo de escritor cercano a la grey de Cristo.

Los más de los comentaristas lo hacen, ya se dijo intencionalmente. Y los menos, lectores no avisados, se basan en leer apresurados sólo el símbolo monosémico que proyectan los versos vallejeanos. No obstante que, a pesar de ser evidente un discurso nítido, ya en el poema “los dados eternos” la voz poética deja bien sentada su idea de que, en todo caso, es el hombre mismo quien merece la impostura de llamarse Dios. El vate considera desde su punto de vista claro, sin eufemismos ni galas retóricas que, por la propia obra del hombre, a menudo creador, “el Dios es él”.

En tales intencionalidades se pretende ocultar algún que otro asunto esencial como las circunstancias en que Vallejo incorpora dicha terminología a su poesía. Una de ellas, como lo hace notar el poeta Julio Carmona(1), es que al momento de escribir su primer libro Heraldos Negros y el segundo Trilce, el poeta de Santiago de Chuco cuenta con una formación que se nutre en mucho de la cultura campesina, cultura ésta muy ligada a las influencias de la religión cristiana. Aun así, no es a tientas su visión ni su fe, más bien son inquisitivas, plantea dudas y propone digresiones filosóficas.

Otra circunstancia, es que ya en Europa y con militancia comunista, convicta y confesa, no abandona la trasmisión de vocablos bíblicos en sus versos. Sin embargo, en esta oportunidad se aprecia una enorme diferencia, el poeta emplea las palabras adrede, seguro de lo que afirma, lo hace con el objeto de darle vuelta a los significados insertos en las voces bíblicas. Licencia ésta que se permiten los creadores para invertir (y no parafrasear) los símbolos, las acepciones tomadas de puntos de vista con los cuales se discrepa. Es decir, el poeta crea desde y con la intertextualidad. Que es como le llaman, ¿no?

De esa manera, observamos que, por ejemplo el rotulo de unos de sus libros, aparte de ser la obra menos susceptible de ser aproximada a la mística católica es, España, aparta de mí este cáliz. Según se lee, cristiano el título, ¿no?, sin embargo, muy lejos de propósitos santos. Si leemos el sentido significativo de este sintagma en forma de enunciado, se puede comprender sólo a partir de cambiar los datos mono sémicos, su exteriorización, por otros que se pueden inferir del contexto bélico en que transitaba España: en lugar de no padecer el martirologio de Cristo –“España, aparta de mí este cáliz”- un símbolo bi sémico nos dicta, terminar con el sufrimiento del pueblo español.

Ahora bien, para llegar a esta lectura última se tiene que comparar y oponerla a las simbologías cristianas, ambas en su circunstancia histórica. Lo cual nos lleva irremediablemente a situarnos en el ambiente pasadista de una cultura heredera de la feudalidad colonial, por ende de su religiosidad rural de hace casi cien años atrás en Santiago de Chuco que es, más o menos, el mismo ámbito de casi todo el ande norteño, y, claro, parecido a nuestra sierra piurana. Por tanto, nos atrevemos a imaginar que Vallejo escuchó con certeza y a diario, las mismas invocaciones religiosas a las que, entre los ocho y doce años oía en las reuniones donde con letanía se rezaba el rosario en memoria de las amadas almas.

Las rezadoras y devotas decían, más o menos, “el cáliz de purgación”, “el Señor nos redimió con el sacrificio de su sangre”, “ampáranos con el cáliz de tu redención”. Y cuando la furia de la naturaleza se manifestaba en temblores, “Señor aplaca tu ira y tu rigor”, “aparta de mí el mal”. En esta premisa contextual Vallejo escribió su título “España, aparta de mí este cáliz”, es decir invocando un tiempo congelado para afrontar y azotar esas sociedades ayer, y, desde esa experiencia, las presentes. Esta observación, es un segmento de cómo se generaría en la creación literaria la universalidad.

¿Cuál es la propuesta del creador? A partir de usar como recurso toda una simbología religiosa aceptada en todos los sub conscientes populares, por tanto en los lectores que tienen empatía con el cristianismo, que en América somos muchos o casi todos. Dichos símbolos son transmutados en sus acepciones, en su semántica, otorgándoles otras de tal modo que, connotativamente, expresen los temas ejes de dicho libro: el sufrimiento del pueblo español (símbolo bisémico); y, siguiendo lecturas, lo comprendemos como la inmolación y rebeldía del pueblo hispano (símbolo polisémico).

Y, por supuesto, extendiendo las lecturas hacia otras polisemias, sólo del título en mención, nos aproximan a percibir un llamado del poeta, su exigencia hecha a los hombres de España, por lo mismo a los hombres del mundo, invocando a todos ellos a que hagan a un lado los sufrimientos e inmolaciones. El asunto es, cómo apartarlos o cómo evitarlos.

La respuesta ya no compete a entender sólo el enunciado del título de la obra, además, y lo más importante, es que se tiene que analizar en el conjunto del asunto literario de toda la obra. Infiriendo varios entendimientos de la misma. Una de las respuestas nos llevará, de alguna manera, a las significaciones o símbolos que devengan del difícilmente decodificado verso vallejeano “saludo al sufrimiento armado”

Otra variante, dentro de las posibilidades de la comprensión polisémica, con menos solemnidad pedirá que los hombres de España, los trabajadores, soldados, obreros y poetas, no cualquier hombre sino aquellos justicieros y solidarios, se decidan a poner fin a las condiciones de ecce homos en que se han convertido todos los anteriores hombres. En otras palabras, sanar y cambiar de piel y órganos para que no prevalezcan los lastimosos aspectos de la miseria y otras laceraciones. (2)

Otro caso de como Vallejo apela adrede al metalenguaje cristiano para invertir simbologías y/o acepciones, lo tenemos en su conocido verso “salud, hombre de Dios, mata y escribe”. Es nuestra idea que el poeta lo oyó, igual que nosotros, cuando se lo leyeron del versículo 13, capítulo 10 del libro Los Hechos “Levántate, Pedro, mata y come”. Pero, mientras en la frase bíblica se da a entender que, ante la consumada muerte de Cristo, el Apóstol Pedro –por ende un hombre de Dios- tiene que continuar su camino para predicar (matar) con la prédica y alimentarse de ella. ¿Qué va a matar? Creencias paganas, creo.

En Vallejo, el verso es inaugurado con una expresión que insta a celebrar, “Salud!”, a un hombre común o de pueblo (hombre de Dios, por tanto) que se obliga a continuar luchando por y en la vida para lograr sus propósitos, su ideal (“mata”), y terminar devolviendo el saludo, comunicarse y hacer obra o crearla (“escribe”).

Otra lectura de los variados símbolos que se desprenden del verso “Salud, hombre de Dios, mata y escribe”, nos lleva a sondear el entorno donde creció y vivió el poeta hasta su juventud, contexto rural, campesino donde predominaba un expoliador latifundismo y una imposición ideológica de la fe católica. Hechos estos que le aportaron sintagmas para sus versos como el de “hombre de Dios”.

Al respecto, el lector debe conocer que en el norte del Perú (desde La Libertad, Cajamarca hasta Tumbes) los campesinos y los pobladores usaban este enunciado, “hombre de Dios”, para comunicarse con los suyos, porque al encontrarse a otro par lo saludaban como un hombre “igual a mí”, común, de su misma clase. A quienes son de otro estrato social, ajenos a ellos, les decían “amo”, “blanco”, o “señor”. De este modo, “hombre de Dios”, es un sintagma de saludo en señal de cercana amicalidad o parentela, cuando no de solidaridad para con quien consideran suyo, es decir, ya se dijo, de su misma condición social.

Ahora, Vallejo lo plasma en verso no por mero costumbrismo sino porque resulta una expresión salida de la voz popular, indicio que le da universalidad. Forma literaria propia de la poesía que entenderá bien durante su estadía en Francia, idea que más adelante redondearemos. Nuestro poeta de La Libertad fue quien supo plasmar mejor la universalidad en la poesía, en cualquier poesía, a partir de ubicarla y estructurarla desde las expresiones lingüísticas tomados de su dialecto regional, el español del norte andino peruano.

Justamente, “hombre de Dios”, en este caso la función poética dada al verso, ya no es signo de saludo y solidaridad exclusiva de los campesinos del norte andino del Perú. Siendo expresión cristiana, obviamente se manifestará en otras partes del orbe. Así, también la gran legión trabajadora y moradora de los barrios o suburbios de Francia, usaban (ignoro si lo hacen hoy) en sus cotidianas relaciones amicales el homme de dieu. No olvidemos que el hombre es un ser gregario que se manifiesta culturalmente en determinados grupos sociales mediante vasos comunicantes, aun cuando estos estén dispersos.

Antes Vallejo, en la bohemia del grupo Norte, había leído bien a poetas románticos franceses, quienes ya inquirieron por la dicotomía hombre–dios. Lamartine decía, “limitado en su naturaleza, en sus deseos infinitos, el hombre es un Dios caído que recuerda el cielo” (3), lo cual expresaba la tragedia del hombre de tiempos del romanticismo. Por cierto, lo del poeta francés nos lleva a los versos vallejeanos “Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; ... ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!”.

Alfred de Vigny escribió poemas que traducen las dudas y convicciones religioso – filosóficas de su tiempo; en poema al patriarca del desierto dice, “Moisés, homme de dieu, y allí ajeno al orgullo, en el vasto horizonte, posa”. Lo dicho por Lamartine en anterior párrafo, es escrito así, por Vigny, “pero la causa, ¡oh gran Dios! He aquí la causa pendiente en su tejado, no es más pensaba! La causa es el martirio perpetuo y la inmolación perpetua del poeta”. Lo cita en sus cartas Delbos Chatterton. (4)

Lo leyó también en las novelas de Víctor Hugo, Los Miserables y en Nuestra señora de París, donde se alude y debate acerca de l’homme de dieu por parte de sectores sociales antagónicos. En una crítica de Baudelaire a la obra Los Miserables, el poeta maldito hace notar la discusión que propone Víctor Hugo acerca de los hombres de Dios, grey cristiana útil a la sociedad o defenestrada por la misma, y los compara con el hombre racional y con el hombre universal. Los curas son el modelo del hombre de Dios que Hugo desnuda en su doble moral, al igual que a inspectores (de policía) y jueces. Valjean es el proletario inocente e ignorante sobre el cual se ceban. (5)

Premunido de estas lecturas y de su cultura campesina, atrás comentada, el poeta vuelve a escuchar aquellos enunciados religiosos de su adolescencia, decíamos atrás, nada menos que en la ciudad luz, París. Con más certeza, esa gran legión está conformada por los clochards, según me lo refirieron poetas amigos que residen en París buen tiempo, no son viajeros. Ellos narran que los obreros, trabajadores temporales y pequeños empresarios, aun el lumpen proletariado, suelen decir, junto a un saludo, a una interrogante o intención admirativa “homme de dieu”, o su opuesto “nom de Dieu”.

Entonces, César Vallejo agudo observador y oyente del mundo, y, claro, de sus contextos, supo y no dudó en dar universalidad a su poesía incorporando las voces populares que vinculaban mundialmente a los hijos del pueblo, por muy extraños y diferentes que sean ambos países, Perú y Francia, voces que unían y unen a obreros y trabajadores del orbe. (valga el redunde). Esta aleación es dúctil (dialéctica si se quiere) y sólida, además porque Vallejo para entonces se ha incorporado al pensamiento marxista y a su vanguardia, que son propias del proletariado internacional. Y en sus versos toda esa interacción se evidencia.

Luego, tal constatación cimentó en Vallejo su mayor arraigo no tanto por la patria regional que lo diferenciaba en el mundo, como sí por la patria universal, con una ideología total con que descifraba, comprendía y se batía junto a la clase proletaria (su participación en la guerra civil de España y su obra no dan lugar al desmentido) a la que por convicción propia se une. Vallejo enfrentó a todo tipo de deshumanización y contra todo tipo de despojo inicuo. Esto de los dos anteriores párrafos, es otro camino de andar por la universalidad en la creación literaria.

Por último, tal comprensión evitó a Vallejo involucrarse con dogmatismos rígidos. Uno de sus propósitos fue ese, no volverse dogmático. Una forma de no caer en tal tentación fue apelar con sabiduría a la herencia cultural que nos dejó el impuesto cristianismo en América, sin contradecirse con su punto de vista socialista. El escritor mexicano Carlos Fuentes (6) coincidirá después con César Vallejo al manifestar que no se puede evitar convivir con las tradiciones en que se han desarrollado nuestros pueblos latinoamericanos, siendo una de éstas las manifestaciones de religiosidad católica, definitivamente asimiladas a nuestros contextos populares que son la raigambre vital que los nutre.

Esta comprobación no significa de ninguna manera aceptación plena que dicha vitalidad popular en su expresión conservadora deban perennizarse y que no deban impugnarse, tal como apreciamos en la poesía y ensayo de Vallejo; en la obra del propio Fuentes, en la de Juan Rulfo, en la de Arguedas, Asturias, etc.

Notas:
(1)   Julio Carmona. Charla sobre Heraldos Negros y Trilce, sus concepciones y lenguaje. Universidad Nacional de Educación. 1988.
(2)   Máximo Gorki plantea la siguiente digresión en su novela La Madre: “nuestro Señor Jesucristo no habría existido si los hombres no hubieran perecido por su gloria…” Es decir, Cristo es tal gracias al sacrificio de los hombres. Gorki disgrega a partir del punto de vista de su personaje, una madre obrera cristiana quien llega a entender que cualquier porvenir, sólo se logrará con o mediante la lucha y sacrificio de los hombres, los únicos que deciden su destino.
(3)   Pilar Andrade Boue. Grandes voces de la poesía romántica: Lamartine, Vigny, Musset. En: http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/lit/02/4541.asp.
(4)   Delbos Chatterton. Para Alfred Vigny. Ver siguiente enlace. Traduc. a español https://archive.org/stream/chatterto00vign/chatterto00vign_djvu.txt
(5)   Charles Baudelaire: http://www.biblisem.net/etudes/baudmise.htm

(6)   Culturas. Suplemento Diario La República. Nº 54. 6 Junio, 1999. Fuentes dice: “…a pesar de no ser creyentes, como yo, somos todos católicos nos guste o no” …”No podría asegurar que sea un país cristiano, pero estoy seguro que es un país sagrado”. Habla de México, pero calza bien para Perú.