sábado, 6 de noviembre de 2010

Elitismo disfuncional en las escuelas de Francia

Este interesante artículo apareció en octubre del 2010 en la revista Time. Peter Gumbel destaca uno de los problemas más relevantes en la educación contemporánea: el conflicto que producen los enfoques que apuestan por la hegemonía cognitivista en detrimento de la formación integral del estudiante, enfoque que puede llevar al fracaso a cualquier política educativa que se precie de estar a la vanguardia en la educación mundial.

La escuela que concibe la enseñanza como puro proceso intelectivo en el estudiante, muestra la ceguera de muchos gobernantes emocionados por copiar modelos educativos europeos creyendo que así mejorará el nivel educativo en su país. Hasta la saciedad se ha repetido un discurso que ha pasado a ser slogans de cada gobierno de turno: establecer un alto nivel educativo a través del establecimiento de una política curricular que acoja los postulados de la psicología cognitivista, cuyo máximo postulado recae en aplicar estrategias metacognitivas y en la obtención de resultados tangibles que evidencien un alto nivel educacional por medio de la aplicación de rigurosos exámenes.

Tiene razón Peter Gumbel cuando crítica que al estudiante se le impone una mayor carga de actividades intelectivas, antes que sustraerlo en diferentes actividades que se asocian a lo lúdico, la creatividad y el deporte. Ya antes, en el Perú, Walter Peñaloza, había destacado este problema en la educación peruana.

Este artículo esclarece el proceso que atraviesa la educación contemporánea en países que se consideran modelos de procesos exitosos.

UNA F EN EDUCACION*

Sobredimensionada y anticuada, la escuela francesa de moda está fallando a sus estudiantes. ¿Pueden impulsar los reformadores las lecciones de la enseñanza moderna o va a sus críticos que se aferran a un elitismo disfuncional?

Por: Peter Gumbel/París.

Lecciones francesas. Originalmente diseñada para nivelar las diferencias sociales
el sistema educativo francés en vez de atenuarlas perpetua estas diferencias.
Cada mes de junio, casi al final del año escolar, un ritual toma lugar en Francia que dice mucho de una nación apasionadamente orgullosa de su sistema educativo y, al mismo tiempo, hablar con profunda preocupación, acerca del porqué les ha ido tan mal. Esta es la noticia en muchos diarios nacionales y en docenas de websites, de las preguntas planteadas en la asignatura de filosofía que, por tradición, se inician las pruebas del bachillerato, motivo por el cual muchos estudiantes abandonan la escuela.

En la mayoría de países, la filosofía no es una asignatura obligatoria impartida en la escuela secundaria, y aún cuando se le enseñe, tiende a ser comprendida como una historia del pensamiento, antes que una disciplina que se práctique y perfeccione. Pero en Francia, la tierra de Pascal, Voltaire y Descartes, la filosofía es una parte integral del currículo nacional, y una asignatura obligatoria para los 650,000 estudiantes entre los 17 y 18 años que cada año se sientan a rendir una difícil prueba final. Los exámenes que ellos deben rendir no son un ejercicio de múltiples opciones: los estudiantes son requeridos para escribir un ensayo filosófico bien estructurado y claramente argumentado, que refieran las ideas de pensadores del pasado para reforzar sus propios argumentos. Las preguntas de este año incluyen, “¿Es función del historiador juzgar el pasado?”, “¿Debemos olvidar el pasado para construir el futuro?” y “¿Puede el arte prescindir de las normas?”

En un momento en que las naciones, incluyendo los Estados Unidos y Gran Bretaña, tienen como prioridad establecer en sus sistemas educativos, esta manera francesa de hacer las cosas, que bien podría funcionar en un mundo ideal, por ser un modelo a exportar. Anclados en el corazón de la educación francesa, son dos nociones las que se han convertido en la principal demanda de los reformadores educativos de otras partes del mundo: la importancia de establecer un alto nivel educativo a través de un currículo nacional y la obtención de resultados tangibles por medio de rigurosos exámenes. En efecto, como parte de su campaña para remediar dificultades en las escuelas, la Secretaria de Educación de Estados Unidos, Arne Duncan, ya ha convencido a más de dos docenas de Estados de la Unión para respaldar un programa nacional de asignaturas incluyendo inglés y matemáticas.

Pero si Francia, con sus altos niveles educativos nacionales, es un modelo para todos, representa un serio problema de disfuncionalidad y nadie está más preocupado acerca de esto que los mismos franceses, quienes suelen alardear sobre la tenencia del mejor sistema educativo en el mundo. Uno de los grandes puntos fuertes franceses es que, a diferencia de Estados Unidos o Gran Bretaña, las mejores escuelas son públicas, preferibles a las escuelas privadas. Esta tiene que preservar una tradición meritocrática, bajo la cual, en teoría, cualquier niño de alguna clase social, rico o pobre, puede ascender dentro de la élite de sociedad debido a sus grandes habilidades intelectuales.

Pero mientras ellos habían estado educando bien un número relativamente pequeño de estudiantes muy brillantes quienes van a dirigir el país - un vestigio de elitismo del sistema educativo que se remonta a Napoleón - Las escuelas francesas son cada vez deficientes para atender a un mayor número de estudiantes que tienen menos habilidades de aprendizaje. Una gran oleada en las últimas dos décadas en el número de adolescentes que permanecen hasta el final de la escuela secundaria ha mostrado que estas dificultades son cada vez más evidentes, tal como han destacado recientemente una serie de informes oficiales.

Entre los hallazgos: un quinto de 11 años de terminar la escuela primaria aún tiene serias dificultades con la lectura y escritura. A la edad de 16 años, casi la misma cantidad - aproximadamente el 18% - abandona la escuela sin la calificación formal en absoluto. En pruebas comparativas internacionales, de 15 años de edad, la puntuación global de Francia es en el mejor de los casos, mediocre y ha estado cayendo abruptamente en la última década. Incluso en el extremo superior, la proporción de niños brillantes es menor que en muchos otros países, especialmente Finlandia. Lo más impactante de todo, para una nación, que se erige en el concepto de égalite, es que la escuela francesa no es el gran nivelador que se suponía que era, sino que de hecho perpetúa las diferencias sociales. Cada vez más la escuela es un lugar donde niños de una clase social pobre están mucho peor respecto a niños de familias más acomodadas. Un análisis realizado por McKinsey & Co. muestra que el rendimiento de escolares franceses puede variar ampliamente dependiendo de sus niveles socioeconómicos: especialmente en matemáticas. Raza y clase social afectan el promedio, aún más de forma notable que en los Estados Unidos, donde el abismo entre estudiantes blancos, negros e hispanos ha sido ampliamente documentado.
En un contundente informe a principios de este año, el Tribunal de Cuentas, el equivalente francés de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental en Estados Unidos, señaló que el presupuesto anual para la educación hace que sea la única área más grande del gasto público, incluso por delante de la Defensa. Aún así, señala el informe, el sistema está fallando en muchos de los 10 millones de niños bajo su cuidado: “El gran número de jóvenes con mayores problemas en la escuela muestran que el sistema educativo constituido hoy en día no es eficiente y no está respondiendo a sus necesidades”.

Incluso la filosofía que ostenta una función destacada tiene su lado oscuro. Un análisis oficial de los resultados de pocos años muestra que ésta es la prueba por la cual muchos estudiantes franceses logran superar el peor examen, siendo el promedio una calificación desaprobatoria. Uno tras otro es llevado hacia el fracaso.

La revista estudiantil L'Etudiant este verano publicó una prueba reveladora: se preguntó a 10 profesores de filosofía para que resolvieran el mismo examen. La amplia gama de respuestas que mostraron, desde una convincente aprobación hasta el fracaso rotundo, provocó una tormenta de controversias, rápidamente L'Etudiant llamó al examen una "lotería", una descripción rápidamente recogida por los medios de comunicación franceses.

TODO ES TRABAJO SIN JUEGO.

¿Qué ha salido mal? Es una pregunta que está angustiando a los franceses. Por lo general, gran parte del debate es teórico, y aún no hay señales del surgimiento de un consenso nacional. Francia está en términos generales dividida entre dos bandos: los tradicionalistas que culpan los problemas de una caída de los niveles y quieren reforzar la disciplina académica, y los reformistas quienes creen en los organismos de supervisión y que los propios maestros deben tomar en cuenta las necesidades de los niños con mayor claridad. Ninguna de las partes tiene mucho aprecio por la enorme burocracia nacional que mantiene estricta vigilancia sobre las escuelas, una monolítica empleadora de más de 1 millón de personas, de las cuales 200.000 no son maestros, y debe micro gerenciar para un grado asombroso de lo que se enseña – y cómo- en todas las aulas del país. Por ejemplo, todos los franceses de 13 años de edad este mes están aprendiendo a multiplicar y dividir números relativos, como (-7) por (-25) dividido entre (+5), e identificar, en la gramática, participios circunstanciales que funcionan como cláusulas temporales. (No preguntar)

Han habido numerosos intentos por reducir y racionalizar este aparato, pero ninguno ha sido capaz de lograr más que un cambio superficial. El mayor enfrentamiento decisivo reciente se produjo a finales de 1990, cuando el entonces ministro de Educación, Claude Allègre, un socialista, calificó el stablishment educativo como "un mamut" y se comprometió a reducirlo. Después de masivas protestas callejeras en contra de sus planes, el país fue paralizado. Allègre fue apabullado. Desde entonces sus sucesores han sido mucho más cautelosos en sus esfuerzos de reforma. El presidente Nicolás Sarkozy ha quedado claro de lo sustantivo de la reforma educativa desde que fue elegido en 2007.

Una cuestión que rara vez se aborda en el debate nacional sobre la educación es un factor que es inmediatamente evidente para cualquier extranjero que entre en contacto con el sistema educativo francés: la cultura del aula implacable sigue dominando en la mayoría de las escuelas. El énfasis está tan puesto en la transmisión de los conocimientos, que nociones pedagógicas básicas como motivar a los estudiantes para un buen desempeño escolar se realiza en corto tiempo.

El sistema de exámenes es por tradición sesgado, por lo que es casi imposible conseguir la máxima puntuación, 19 o 20 de los 20, especialmente para un tema de artes liberales. (12 es un "buen” puntaje para un ensayo filosófico).Y las prácticas tradicionales que están en declive en otras partes, todavía se mantienen fuertes en Francia. Uno es el grado de repetición: de acuerdo con la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OECD), que estudian casos de estudiantes que repiten el grado, resulta una rareza en Asia, Escandinavia y Europa del Este, y esto no está del todo extendido en los Estados Unidos o Gran Bretaña. Numerosos estudios alrededor del mundo demuestran que la repetición de grado normalmente no ayuda a los estudiantes a mejorar el desempeño escolar y, a menudo tiene un efecto contrario: los desmoraliza y estigmatiza como fracasados. En general, la OECD estima que alrededor del 13% de los estudiantes en sus 30 países miembros, repiten un grado. En Francia, más del 38% de los estudiantes repite un grado, es tres veces mayor que el promedio, la OECD sostiene -y algunos estudios franceses- que el promedio aún es más alto.

El impacto de la cultura del aula implacable se manifiesta en las encuestas internacionales de cómo los escolares sienten y se comportan. En comparación con sus pares en otras partes del mundo, los adolescentes franceses tienden a tener una relativa baja autoestima y son particularmente inseguros acerca de cometer errores. Un estudio, realizado por la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Escolar, evaluó las habilidades de lectura, en niños de 10 años de edad procedentes de 45 países y, pidió leer a los niños de principio a fin. Los niños franceses se desempeñaron razonablemente bien durante la prueba, la lectura fue tan fluida como la mayoría de sus pares en Europa. Pero cuando se le preguntó al jurado sobre su propia capacidad, éstos ocuparon la parte inferior de la fila, sólo por encima de niños de Indonesia y Sudáfrica, donde el analfabetismo sigue siendo extendido.

Los expertos internacionales en educación alzan sus manos en todo esto. Andreas Schleicher, jefe de la división educativa de la OECD, dice que Francia sigue utilizando en el aula "métodos industriales del siglo diecinueve”, lo que quiere decir los maestros son percibidos como operarios de línea de una fábrica, quienes deberán ejecutar las órdenes dadas, en vez de ser confiables para utilizar su inteligencia y entrenamiento para con los estudiantes. Hans Henrik Knoop, un psicólogo danés de la Universidad de Aarhus, quien se especializa en educación, está de acuerdo. Él dice que los métodos de enseñanza franceses son "un ejemplo extremo" de la persistencia de las prácticas del siglo diecinueve y los denomina "pedagógicamente catastróficos".

¿Está faltando algún sentido de diversión en la enseñanza? A diferencia de los Estados Unidos, la escuela en Francia proporciona muy pocas actividades no académicas para compensar el trabajo intelectual en el aula. Deportes, música y artes son ocurrencias tardías, con poco o ningún tiempo dedicado a ellos en el currículo nacional, y sí quieres jugar fútbol o tocar el violín, el tiempo no se puede desperdiciar, sólo puedes hacerlo en tus ratos libres. Pero sin los equipos deportivos u orquestas escolares, no hay mucho que interrelacione a los adolescentes dentro de sus escuelas. Esto está claro por la forma en que las escuelas se representan en la cultura popular. En Francia, no hay nada remotamente comparable a películas optimistas como High School Musical. Una de las pocas películas de éxito reciente acerca de la escuela en Francia, es Skirt Days, protagonizada por Isabelle Adjani como una profesora estresada quien encuentra una pistola en la mochila de un estudiante y utiliza el arma para corregir a sus indisciplinados estudiantes en el aula. Sólo a través de la intimidación armada ella puede llamar la atención de la clase para su lección sobre Molière.

LECCIÓN DIFÍCIL DE APRENDER.

Teniendo en cuenta los pésimos resultados y el empeoramiento del sistema educativo, la presión es inevitable para construir el cambio. Esto viene desde arriba, desde los políticos y otras autoridades, incluida la Cour des Comptes. Hasta el momento, no ha sido una alta prioridad para Sarkozy, quien es demasiado consciente de los peligros de atacar el stablishment de la escuela conservadora. En los últimos 15 años, muchos intentos de reformas han fracasado, después de haberse provocado la  protesta de los sindicatos de maestros y del mismo modo en estudiantes. Aún así, Luc Chatel, el actual Ministro de Educación - el 29 en 52 años - ha sido muy cuidadoso al tratar de pelar las capas de la burocracia y, en una serie de proyectos piloto da un toque de mayor autonomia para las escuelas  en conseguir soluciones deseadas. Es demasiado pronto para decir que los resultados serán efectivos. Hasta ahora, la reacción política ha sido contenida.

Pero la crítica también viene desde abajo, entre maestros y padres de familia. Una de las mejores universidades del país, Ciencias Po de París, se encuentra en la vanguardia del cambio: hace pocos años, cambió sus procedimientos para permitir el ingreso de niños brillantes provenientes de escuelas de barrios pobres con problemas de certificación, pero que se consideran de gran potencial. Esta política, encabezada por el Director de Ciencias Po, Richard Descoings, sigue siendo muy controvertida. Y, hace un año Paúl Robert descubrió que su costo está muy por debajo de las requeridas para el sistema escolar, los conflictos que se avecinan pueden ser muy tirantes.

 
El director de una escuela secundaria cerca de Nimes, Robert intentó provocar una revolución cultural, se negó a obligar a los estudiantes a repetir el grado. El tiro le salió por la culata: se desató una protesta de maestros y rápidamente se le desplazó a otro establecimiento. Francia es una nación con una tradición legendaria de pensadores sobre educación, reflexiona con amargura, pero que "no ha tenido éxito en el riego del país" cuando se trata de cambiar las prácticas educativas actuales.


La filosofía puede ser deslumbrante, pero incluso en Francia no es suficiente para garantizar una buena escolaridad -y esta debería dar reformadores en educación para el resto del mundo-, sin embargo necesita una pausa para la reflexión.

* Gumbel, Peter: An F in education. En: Time, octubre 4, 2010. Vol 176, N° 14. Págs. 34-37. Versión del inglés al español VMH.

El libro de Peter Gumbel Achève Bien les Ecoliers, publicado por Grasset, ya se encuentra disponible.