lunes, 10 de diciembre de 2012

Nuevo poemario de Jesús Cabel


Nuevo poemario de Jesús Cabel editado por Cuaderno del Sur, Tacna-Perú.
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José Martí decía que el intelectual latinoamericano se ve obligado a ejercer distintas profesiones u oficios. La realidad, decimos ahora, nos obliga a ser polifacéticos. Jesús Cabel tiene el alma renacentista y contemporánea. Formado en química, una inconsciente búsqueda del azufre rojo, lo ha llevado a hallar el oro de las palabras. Letrado, ha traído a la literatura el rigor de las ciencias exactas. Tal vez por eso, muchos tienen la imagen de que es un investigador literario, lo que no deja de ser verdadero. Pero su centro personal es la poesía, ese género literario que es la esencia de todos los géneros. Ahora con este poema “Cuarto austral” nos da prueba palpable de su sensibilidad, de su manejo esmerado de la lengua castellana, de la soledad del individuo que, aunque refugiado en su habitación, herido de amor, está a la intemperie, sometido a todos los vientos y a todas las tempestades.

Marco Martos
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Espacio físico y metafísico en Cuarto austral de Jesús Cabel
Gabriela Caballero Delgado

Si al enunciar el titulo del reciente poemario de Jesús Cabel: Cuarto austral, este podría sugerir una suerte de libro topográfico, cuánto más agradable será comprender casi de inmediato que el cuarto es la metáfora de algo más complejo. No solo el espacio que por algún tiempo habitará el yo poético y, por algunas referencias, bien podríamos denominar Tacna; sino, además, el vehículo de la subjetividad del hombre que sin dejar de ser subjetividad, alcanza una concreción en el espacio como una necesidad de exploración interna, y que a partir de ahora denominaré dualidad cuarto/cuerpo.


El libro se divide en tres capítulos, conformando una estructura matemática como una forma de triángulo poético. Los versos son de corta extensión y aunque trasuntan una honda tristeza, están llenos de belleza. Ya Marco Martos apunta en la contratapa, la sensibilidad de Jesús Cabel y el manejo esmerado que hace de la lengua castellana.

La primera parte está compuesta de 228 versos y sitúa al yo poético en una habitación solitaria del sur, en una noche de otoño. Las paredes carecen de cuadros “lienzos inmemoriales”; lo cual denota la falta de testimonios físicos del pasado, sea por la necesidad de olvido o porque estos signos de una vida anterior se encuentren en otro lugar. Entre noticias y papeles, no se halla algún mensaje que repita la pregunta de la amada “¿qué extrañas de mí?” lo que significa sino la ausencia de una prueba tangible de que la pregunta haya existido en algún momento. Asimismo esta interrogante pone de manifiesto la presencia incorpórea de la mujer quien terminará dominando el espacio del poeta: su dualidad cuarto/cuerpo.

Buscando evadirse de su soledad, recurre a los libros. El aire frio se cuela en la habitación, introduciéndose en su piel y agitando no tanto las hojas otoñales como los sentimientos que debieron permanecer adormecidos “y que son también distancia de horas” (presumiblemente, la alusión a un viaje desde algún lugar lejano).

El espacio se trastoca, se reduce y explica en una sola palabra; la cual, pese a no ser nombrada por el momento, se sospecha:

“y es como si el mundo se redujera/a una palabra/a un latido que llega/raudo/galopando sin sentido”


El Cuarto es lo único real, aunque su materialidad sea extraña, casi ilógica pues solo se comprueba en el plano de lo onírico:

pero en el cuarto ¡ay!/ es palpable/puedo tocarlo en sueños


Es un refugio donde se repite a sí mismo en el espejo o acaso en el reflejo de las ventanas, mas es una multiplicidad sin probabilidades de expresión:

“(…) mi rostro es una /fotografía/silenciosa”


Sin embargo, esta reafirmación del silencio es un abrir espacios para el surgir de las emociones, del sentimiento, del hastío de la soledad. Espacio que permitirá también la evocación de otro tiempo y otro lugar:

“una ingrata sorpresa/de pájaros asfixiados/por el polvo/del atardecer/que nunca llegará/ y sin embargo convocamos”.


Un pasado que quiere volver y nos lleva quizá a la infancia (mañana por antonimia del atardecer de la vida) y nada entonces más distante de la noche cuando nos sentimos inmortales y se desconoce toda preocupación del mañana y aún miramos superficialmente, sin descubrir el verdadero valor de las cosas. Este tiempo transcurrido que el poeta ahora evalúa debe tener necesariamente un sentido, ayudarlo a explicarse quién es.
Los versos siguientes nos traen la relación entre el hombre y la mujer a través de percepciones disímiles en las estaciones como ciclos de la vida. En tanto ella es primavera y verano; él lindando con el invierno. La amada es el elemento que lo aparta de lo subjetivo y lo arrebata al imperio de lo sensorial, pasión arrolladora atrayéndolo, que lo consume y distancia: todo al mismo tiempo. Esta evocación de la mujer y la conciencia de la distancia entre ellos, lo obliga a salir del cuarto en una pretensión de extraviarse en el anonimato de la sociedad para dejar de pensar y de sentir. Mas la lógica y el orden establecido del mundo allá afuera le resultan extraños, convulsos. Provocando en él todos los síntomas de la agorafobia.

“esta noche no hay/espacio/todo es convulso/los números cuadrados”


En medio de este vértigo, la voz de la amada lo devuelve al paisaje del terruño en el tiempo del verano, le recuerda una vida poblada de amigos que visitan su casa. Pero el tiempo no es estacionario y retorna también el otoño del yo poético:

“¿hacia dónde voy?/al otoño/que según dices/es olor a frutas maduras y jugosas”


Y aunque la amada no haga más que suavizar aquella estación, él reconoce la irrealidad de sus palabras:

“pero también es/el árbol inventado/como un racimo/de palabras/ que arden desde el pecho/ y se deshacen/ante nuestra atónita/mirada/en el umbral silente/de la distancia”


La aceptación de la distancia será asimismo la aceptación del fracaso amoroso, el mundo resumido en el desamor, palabra que sospechábamos y no fue mencionado en los versos anteriores.

El poeta reconoce su soledad y el cuarto es un infiernillo donde se incubaron las dudas, el desdén femenino. El yo poético se desdobla, señalándose con el dedo, identificando los siglos de vida en su rostro, sus ojos, sus labios y en sus manos. La amada entonces intentará nuevamente trastocarlo todo, el invierno para ella solo es “chocolate caliente con panqueques”. Sin embargo, el poeta valiéndose de versos de la tradición literaria acrecentará la separación entre ambos:

“¿quién es ese tú que no soy yo?”


Acaso también sirva para decirle no soy quien afirmas que soy. Optará luego por el silencio en lugar del paroxismo del estallido emocional en ese cuarto/cuerpo, convertido ahora en una simple construcción verbal, un espacio posible merced a las palabras donde el hombre aún tirita víctima de la tempestad de su soledad.

Usando una especie de lógica alternativa y aunque parezca forzado, he pensado también que el poemario es una remembranza del viaje metafísico de Dante por los mundos ultraterrenales. El primer capítulo correspondería entonces a ese descenso al sur mayor, a los círculos el infierno. El cuarto/cuerpo n o posee ningún lienzo inmemorial pues debe reflejar la costumbre de las almas de ir despojándose primero de los recuerdos antes de llegar al mundo del silencio y la soledad (podría entenderse como el limbo: primer círculo infernal, coincidiendo asimismo con el tiempo de la noche; reafirmándose esta idea cuando el propio poeta dice: “y el cuarto/es una infiernillo/ajeno al bullicio de las calles”). Si como Borges dijo, refiriéndose al infierno, que es como nuestro mundo salvo que allí no existe la esperanza, entonces no es difícil entender por qué recién se menciona este vocablo en el segundo capítulo; lo cual lo convertiría en un equivalente del purgatorio, de allí que el cuarto se sitúe en un páramo próximo al mar cuya imagen nos devuelva la isla y la escarpada montaña donde se purifican los pecados. El segundo capítulo del poemario contiene 234 versos y dista mucho del tiempo del primero. Tal vez, cronológicamente solo se trate de algunos días; sin embargo aparentan ser demasiados años pesando en el ánimo del yo poético. Por eso, es sumamente importante la sola mención de la palabra esperanza, lo que le da una existencia real dentro de este nuevo espacio. Aunque cabe reconocer que la amada del yo poético no es del todo la imagen de Beatriz; en tanto esta es la gracia salvadora de Dante, aquella no es hallada por el yo poético, pese a buscarla en el lugar exacto del estío. Desde luego le preguntará a ella en la distancia:

“¿alguna vez/has llorado/cuando el invierno/cae y aplasta los párpados/los pétalos/ y los recuerdos?”


Una interrogante que en realidad es una afirmación: La amada no ha sentido este dolor pues no conoce de cerca el invierno, no está ni aun en el verano (recuérdese que el poeta fue a buscarla en “el lugar exacto/del estío” y no la halló), presumiblemente se encuentra en un tiempo más distante: la primavera de la vida.

Cuarto austral fue presentado en la Feria del Libro Ricado Palma. De izquierda a derecha:
Omar Aramayo, Jorge Luis Roncal, Jesús Cabel y Víctor Mazzi. Fotografía tomada por el poeta Bernardo Alvarez.
 El cuarto/cuerpo es ahora un espacio donde las olas se agitan tras ventanales invisibles, su límite son los del desierto donde deambula extraviado el poeta, despojado del amor de la mujer. Donde todo orden natural de las cosas está alterado, los horarios y las fechas se confunden. En la ausencia de este amor, de esta guía de salvación, “¿a quién llamar en el silencio de la soledad?” Acuden en su auxilio la figura paterna y la poesía. La evocación del padre y de sus palabras posibilitan una nueva recuperación: el tiempo de la niñez cuando se desconocía el significado de las palabras desolación, amor o bóveda. La poesía también viene a salvarlo del laberinto de su soledad. Solo ella se mantiene firme a su lado cuando ninguno ha observado tras la cerradura de este cuarto/cuerpo donde la vida y el pasado se desmoronan.

El tercer capítulo de 232 versos no corresponde en absoluto con la hipótesis de una analogía con el universo dantesco. No se trata de ningún cielo y lejos está de la salvación del alma. En este lado de los versos, el yo poético se pregunta si acaso la esperanza está en la espuma temblorosa del pavimento, el copo de nieve congelado en el tiempo o la extrema desilusión de un beso que ardió en el pasado quedándose relegado en él. Es cierto que la amada está allí, como Beatriz en el paraíso; sin embargo su figura ha quedado reducida a una mirada fría a contraluz. La esperanza le es extraña y ajena al poeta. El cuarto/cuerpo es un espacio irremediablemente solitario. Quizá ya no está más en ese cuarto austral y solo lo contemple como en un sueño. Parece situarse en otro lugar, de pie, sepultado frente a las dunas que por las palabras “arena” “paracas” “líneas geométricas o deformes” refieren a un espacio concreto: Ica. El Cuarto austral (cuerpo, habitación, Tacna, mundo ultra terrenal en dónde anheló la presencia de la amada) ahora también se ha distanciado. Ha llegado el momento de enfrentarlo nuevamente, buscar respuestas que lo ayuden a explicar su condición humana, a entender la verdadera naturaleza del silencio y de la soledad. La aceptación del desamor lo prepara para la despedida. Aquí se quedará la marcha de la gente junto a su bandera heroica en un desfile interminable de sentimientos, pañuelos y lágrimas; aquí, también los dulces damascos, la alameda ensombrecida de palmeras. Solo entonces este Cuarto Austral por fin será abandonado, aunque eso signifique no tanto la pérdida de la materialidad como de la vida misma.