martes, 23 de septiembre de 2014

Richard Dawkins: “No eduquen a los niños en dioses ni hadas”

Richard Dawkins, en su domicilio de Oxford durante la entrevista. / CARMEN VALIÑO

Ricardo de Querol.
Tomado de:


El biólogo y divulgador, azote de las religiones, se reafirma en sus memorias en el activismo escéptico. “Es perverso instruir en falsedades”, asegura. Él solo cree en Darwin.


Cuenta que de niño ya se daba cuenta de que Papá Noel era un señor disfrazado que se llamaba Sam. Al británico Richard Dawkins (Nairobi, 1941) no le basta haber llegado a la conclusión de que no hay Dios: quiere que todo el mundo lo entienda así. Sostiene alta la bandera del escepticismo este biólogo (zoólogo) de la Universidad de Oxford, estudioso de Charles Darwin, que saltó al primer plano cuando escribió en El gen egoísta (1976) que no somos más que vehículos de los genes, máquinas programadas para que ellos sean casi inmortales. “El cuerpo del animal no es más que un repositorio temporal”.

Desde entonces Dawkins es un exitoso divulgador científico y ensayista, habitual de los platós de televisión (ha producido documentales, al estilo de su admirado Carl Sagan). Lleva tiempo animando la polémica, también en las redes sociales, donde dispara y le disparan. Considera su misión combatir dogmas religiosos, supersticiones y pseudociencias. En 2006 publicó El espejismo de Dios, un libro que aspira desde la primera página a conseguir que el lector pierda la mucha o poca fe que le quedara, un arrebatado e irónico texto que pretende desmontar uno a uno los argumentos del cristianismo y las demás creencias religiosas. En Evolución. El mayor espectáculo sobre la tierra, de 2009, Dawkins explica con lucidez a cualquier profano las pruebas abrumadoras de que ha sido la selección natural la que moldeó y sigue moldeando nuestra realidad. Da así la batalla contra el creacionismo, la idea de que el mundo se hizo en seis días y el hombre convivió con los dinosaurios, que trata de colarse en el sistema educativo de EE. UU. de la mano de sectores de la derecha como el Tea Party.

A sus 73 años, Dawkins ha encontrado el momento de mirar atrás y abordar sus memorias. Una curiosidad insaciable es el título de la primera parte de su autobiografía, editada por Tusquets. En ella explica cómo llegó a ser quien es desde que nació en Kenia de una familia británica de tradición técnica y científica y empleada del Imperio, lo que le llevó por varios países africanos antes de regresar a Inglaterra cuando tenía ocho años. Sabemos de su visión de la rígida escuela de los años cincuenta, del matonismo de otros y de su tartamudez, de su paso por las universidades de Oxford, clave en su carrera, y Berkeley, donde vivió la explosión hippy. Y conocemos los muchos nombres que cree importantes en su vida: los de sus ancestros y familiares, los de profesores y compañeros de clase, los autores que le influyeron. Y terminamos con la publicación de El gen egoísta. Habrá que esperar a la segunda parte de las memorias para entender su faceta de activista ateo, la que le llevó en el año 2009 a contratar publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”.

Recibe en su domicilio, un caserón tradicional en Oxford con un amplio salón lleno de luz por los ventanales en los dos extremos, donde puede percibirse cierto aroma del colonialismo que marcó su infancia. Grandes tallas de madera de animales, máscaras, jarapas de estilo étnico sobre los sofás. Un piano, un lienzo en su atril. Libros, algún cráneo en la estantería. Dos perros pequeños y de pelo muy largo se alegran de la visita y saltan a menudo sobre los periodistas; al entrevistado parece relajarle acariciar a alguna de sus mascotas. De entrada se niega a posar para la fotógrafa, lo que tiene por costumbre, pero no la ignora y en más de una ocasión parece estar pendiente del objetivo de su cámara.


La tribu y sus dioses

Estamos a horas del referéndum que decidirá si Escocia se independiza, y desata un efecto dominó en Europa, o permanece en el Reino Unido. Pero Dawkins, apasionado en los temas de los que quiere hablar, sabe escaparse de aquellos que prefiere evitar.

—Vivimos tensiones nacionalistas en Escocia, en Cataluña, en Ucrania... ¿Observa un regreso a la tribu?
—Podemos decir que el nacionalismo en esos lugares es una forma de tribalismo. Uno se preguntaría por qué no van a algo más pequeño aún, como Cornualles o Gales. Las ciencias sociales son complicadas, la política lo es... Como biólogo no soy la persona adecuada para responder.

—Le pregunto como biólogo, ensayista y activista. Ha escrito que la religión está en el centro de muchos conflictos actuales, como el de Siria e Irak, Palestina o Ucrania; antes en Yugoslavia o Irlanda. ¿No lucharán por la tierra más que por su idea de Dios?
—No creo que los conflictos estén motivados única y directamente por la religión. Por ejemplo, en Irlanda del Norte es entre católicos y protestantes, pero no creo que las personas que ponían una bomba estuviesen pensando en el dogma de la transustanciación. Lo que hace la religión es poner una etiqueta: en Irlanda del Norte se identifican como católicos y protestantes a pesar de que hablan el mismo idioma y tienen el mismo color. Te identifica hasta el nombre: si te llamas Patrick seguramente eres católico, si William eres protestante. Eso se convierte en la tribu: hay dos tribus en Irlanda del Norte. Y ha sido así durante siglos.

—Cuenta en su libro que era una persona muy religiosa, anglicana, cuando tenía 13 años. ¿Qué pasó? ¿Fue Darwin?
—Desde que yo tenía unos nueve años me di cuenta de que existían distintas religiones: el budismo, el islam, el hinduismo, el politeísmo de los griegos, los vikingos… Cualquier niño pensaba que solo la suya era la que estaba en lo cierto. Yo estaba preparado para ser antirreligioso. No sé cómo me mantuve en el cristianismo, debió ser influencia de la escuela. Pero sí, fue Darwin y fue el darwinismo el que nos salvó de todo eso. Cuando tenía unos 15 años.

—Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión?
—Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa.

—¿Y el ateísmo no puede ser también dogmático o intolerante?
—Siempre hay que argumentar tu causa, no callar a la gente. Durante siglos, hemos aceptado que no puedes criticar la religión. Hacerlo parece intolerante pero no lo es.


Educando escépticos

En un pasaje de su libro, Dawkins se muestra contrario a la forma en que la mayoría de familias inculcan explicaciones mágicas a sus niños. “No puedo evitar preguntarme si una dieta de cuentos de hadas repletos de encantamientos y milagros, hombres invisibles incluidos, es dañina desde un punto de vista educativo”, escribe. “¿Por qué los adultos promueven la credulidad de los niños? ¿Es realmente un error tan descabellado plantearles a los niños que creen en Papá Noel un pequeño y simple juego de preguntas y respuestas que les haga pensar? ¿Cuántas chimeneas tendría que visitar en una noche? No se trata de decirles que Papá Noel no existe, sino de fomentar el intachable hábito del cuestionamiento escéptico”. Él asume que eso es impopular: “Siempre que planteo esta cuestión me echan a patadas de los sitios por querer interferir en la magia de la infancia”.

Su escepticismo no se dirige solo contra la religión: también contra la superstición y las pseudociencias (astrología, videncia, tarot o ufología), a las que dedicó su ensayo Destejiendo el arco iris (1998). Es más prudente sobre la llamada medicina alternativa: si se prueba su eficacia deja de ser alternativa. Pero no es el caso de la homeopatía: “Es interesante: con el método de doble ciego [ni el paciente ni el investigador saben cuál es el fármaco y cuál el placebo] no hay diferencias. Ambos son placebo”.

En su libro, Dawkins critica el modelo educativo según el cual el profesor dicta la lección a los alumnos, que la memorizan, en vez de incentivar sus habilidades para instruirse e investigar por su cuenta. “De estudiante, una vez se me olvidó llevar bolígrafo y yo era entonces demasiado tímido para pedir uno a mi compañera sentada al lado. Así que simplemente me senté y escuché, y cuando llegué a casa me di cuenta de que es una forma mejor de aprender. El propósito del profesor no debe ser impartir información sino inspirar a las personas”.


Quemándose en las redes

Dawkins es un pertinaz usuario de Twitter (@RichardDawkins), donde se esfuerza en ser provocador y en replicar o retuitear mensajes de otros usuarios. Ha pisado más de un charco. “Twitter es un sitio extraño porque hay mucha gente que grita. Si vas por la calle, un borracho o un tonto te pueden insultar. En Internet tienes un multiplicador de ese efecto. Hay que tener caparazón”. Él lo tiene, sin duda.

—¿Se ha arrepentido de algún tuit?
—Sí, porque son fácilmente malinterpretados. A veces veo que lo pude evitar.

Uno de sus mensajes desató una tormenta: “La violación en una cita está mal. La violación por un extraño es peor. Si usted piensa que esto es una aprobación de la violación en una cita, váyase a aprender cómo pensar”, escribió en 140 caracteres.

—En un país como el suyo, conmocionado por escándalos de abusos sexuales, esa frase parece una falta de sensibilidad hacia las víctimas.
—Creo que es estúpido negar que hay diferentes grados de crímenes sexuales. Hay gente que por motivos emocionales quiere que todos los crímenes sean considerados del mismo nivel. Es como si alguien te roba la cartera y piensas que es lo mismo que robar un banco a punta de pistola. Son delitos ambos, pero uno más grave que esto. 

-¿No le parece así?
—Me parece que cualquier violación tiene efectos graves a largo plazo.

—Yo también lo creo.
—Y me cuesta pensar en un grado moderado o leve de violación.
—No dejaré que se escape con esto. Está acompañado por muchos estúpidos en Twitter. Cuando uno dice que algo es peor que otra cosa, no lo está aprobando.

El tuitero Dawkins también ofendió a muchos cuando alguien le pidió consejo sobre qué hacer si el hijo que esperaba fuera a tener síndrome de Down. “Aborte e inténtelo otra vez. Sería inmoral traerlo al mundo si tiene elección”, respondió.

—¿De verdad cree una obligación moral el aborto en caso de síndrome de Down?
—Yo dije que personalmente me parecía inmoral tenerlo. No que fuera una regla universal, pero sí lo es para mí y para el 90% de mujeres que lo haría en esa circunstancia. ¿Sabe lo que les sucede? Mueren muy jóvenes, tienen terribles enfermedades, deficiencia mental. Creo que cuando el feto no está suficientemente desarrollado, y no tiene un sistema nervioso, es mejor abortar. Me han bombardeado en Twitter enviándome fotografías de niños con Down y diciéndome: quiere usted matar a mi hijo. Claro que no quiero matar a su hijo, sino detener la posibilidad de que vengan más niños como él al mundo cuando no son más que un renacuajo.


Ética de ciencia ficción

Cuando se le pregunta por dilemas éticos que podrán surgir en el futuro, Dawkins admite el juego aunque avisa de que entramos en el terreno de la ciencia ficción. La cacareada vida artificial en que trabaja el genetista Craig Venter le deja frío. “Creo que estoy en lo correcto cuando digo que solo está intentando crear nuevas versiones de una bacteria que ya existe. Como las bacterias se reproducen o clonan tan rápidamente, si las empleas para algo útil, como por ejemplo convertir un despojo cárnico en petróleo, estás haciendo un bien real”.

—¿Y le preocuparía la clonación de humanos?
—Un escenario como el de Un mundo feliz, de Huxley, con esas líneas de producción de miles de copias de seres humanos idénticos creados para ser jardineros o cualquier trabajo me horroriza, porque soy un producto del siglo XX y eso es muy lejano al mundo al que estoy acostumbrado, a mis valores. Si alguien me quisiera clonar a mí me interesaría mucho, tendría mucha curiosidad, pero no quisiera que mi clon fuera el primero porque iba a ser víctima de una horrible publicidad.

En un programa de televisión se propuso a Dawkins un experimento que no llegó a ser viable. Pretendían aislar su genoma y enterrarlo en el panteón de su familia, ante las cámaras, con el objetivo de que alguien lo recupere y resucite dentro de, pongamos, mil años. Era una excusa para debatir sobre la clonación, y le preguntaron a Dawkins si su clon del futuro sería él. “Por supuesto que no sería yo. Es como si preguntas a dos gemelos idénticos si son dos personas o si uno es persona y el otro zombi. Otra cosa que iban a pedirme es que escribiera consejos para mi clon, para que, ya que iba a tener los mismos genes, no cometa los mismos errores que yo”.

—En su libro usted cuestiona el concepto de identidad personal, dado que las células que tenemos no son las que estaban al nacer. Entonces solo somos la memoria.
—Es una cuestión interesante para la filosofía. Imagine que usted pudiera hacer una réplica perfecta de su cuerpo, no un clon en sentido genético sino una copia de cada átomo. Esto no se puede hacer científicamente, pero sí filosóficamente. Probablemente la réplica tendría su cuerpo, todos sus recuerdos, los mismos pensamientos. ¿Cuál de los dos sería usted? Pero una vez que están ahí, se empezarían a separar, tendrían nuevas experiencias y entonces ¿cuál eres? Son cuestiones que no se pueden responder de una manera experimental pero que son filosóficamente fascinantes.

—Sostiene Stephen Hawking que la filosofía ha muerto, porque ahora es la ciencia la que da las respuestas.
—No creo que la filosofía haya muerto, sí que ha perdido terreno.

—Usted ha escrito que la Segunda Guerra Mundial no habría ocurrido si el padre de Hitler hubiera estornudado en un momento determinado. Y en otro capítulo apunta que en otro siglo usted habría sido un clérigo. ¿Somos azar hasta ese punto? ¿Es usted escéptico o ateo debido al azar?
—La realidad depende de detalles muy pequeños. Sabemos que todos los mamíferos vienen de un individuo que existía en la época de los dinosaurios. Si ese pequeño mamífero hubiera muerto antes de reproducirse, quizás también estarían aquí los mamíferos pero serían completamente distintos. Quizás ese mamífero sobrevivió por un estornudo del dinosaurio. Respecto al ejemplo de Hitler, cada uno de nosotros cobramos existencia porque uno entre muchos millones de espermatozoides fertilizó el óvulo. El movimiento más ligero mientras sus abuelos estaban copulando, que un perro ladrara y perdieran la concentración o se movieran, haría que el resultado hubiera sido otro. De ahí que diga que con un estornudo años antes no habría habido guerra. Y ninguno de nosotros existiría ahora si no hubiera existido Adolf Hitler.





Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford. Richard Dawkins. Traducción de Ambrosio García Leal. Tusquets. Barcelona, 2014. 311 páginas. 21 euros (en digital, 12,34 euros).

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobrevilla y la Filosofía Peruana



Por Gustavo Flores Quelopana
Fuente:
librosperuanos.com

David Sobrevilla ha muerto. Aconteció ayer, un 17 de agosto del 2014. Aun cuando nuestros puntos de vista han sido muy diferentes y hasta encontrados en muchos aspectos del debate filosófico, es de justicia reconocer sus méritos innegables. Y sus obras dejan una estela que deberá ser siempre tomada en cuenta. En apretadas palabras se puede afirmar que su aspiración máxima fue que los filósofos peruanos sean creadores y no repetidores del magisterio filosófico occidental, sobre la base de una verdadera apropiación crítica de la tradición filosófica nacional y universal.

Afirmo sin vacilar que en el cultivo de la historia de las ideas en el Perú, David Sobrevilla ocupa un lugar bastante importante. Hay que señalar, sin embargo, que comentar una obra tan extensa como la suya exigiría escribir un libro entero. Por tratarse aquí de un breve comentario rememorante, tenemos que limitarnos a desarrollar un análisis lo más sintético posible. Esto supone que el lector, en todo lo que sigue, estará familiarizado con su producción como crítico y como pensador. Desde ahora nos adelantamos a aseverar que, en lo esencial, estamos completamente de acuerdo con Sobrevilla. Estamos convencidos que las tareas actuales de la filosofía en América Latina es la de replantear y reconstruir los problemas filosóficos teniendo en cuenta los más altos estándares del saber, siempre móviles, y nuestra situación concreta, siempre dinámica.

Salvo que, y en esto reside nuestra primera discrepancia, esto ya se ha venido haciendo en nuestra América desde todos los frentes y desde todas las épocas; por ejemplo con J. C. Mariátegui, Francisco Miró Quesada, Augusto Salazar Bondy, la “generación Romero”, Dussel, Cerutti, Zea, Adolfo Sánchez Vásquez, Juan Rivano, Scannone, etc., y la segunda divergencia consiste en tomar en cuenta que nuestra realidad concreta, lejos de ser una ínsula, sólo es una vía que debe conducirnos hacia un topismo integrador que nos haga ver la dignidad humana universal.

Empezaré con Sobrevilla-crítico, tarea nada fácil porque  se encuentra  entrelazada  con la de Sobrevilla-pensador. La crítica es un arte que revela no sólo un estado del alma, sino que es un martillo que permite comprender la verdad. Pero también puede ser el camino más sencillo para echar a perder todas las cosas. Dicho esto, hay que reconocer que el comentario y la crítica de obras filosóficas son necesarios e incluso indispensables. Siempre que, sin embargo, la crítica sea correcta y exacta. Pues, si no lo es, si además es utilizada para el reproche y la diatriba, su presencia puede tener consecuencias lamentables.

En nuestro medio, estamos muy poco habituados a la crítica alturada, todo lo tomamos a pecho, nos resentimos inmediatamente, cunde la inseguridad psicológica y material, la crítica es temida y sofocada. Pero hay otros factores que conspiran contra la crítica filosófica sana. El agrafismo académico, incentivada por una universidad deshumanizada, empresarial y que no promueve la investigación, la sorprendente falta de costumbre en los congresos de filosofía de no incluir en su programa la presentación de libros, ni siquiera se invita a los autores a una decente exposición de sus obras, la discontinuidad cuando no la inexistencia o elitismo de las revistas de filosofía, hace que las reseñas de la producción filosófica se queden en la gavetas del escritorio, sean escasas, cuando no ignoradas, o se contenten con el comentario infecundo entre los corrillos, la apostilla a media voz, o si hay suerte sea tocada por algún solitario profesor diligente. Hace falta un Observatorio de Investigaciones Filosóficas.


Esto último es el caso de David Sobrevilla, cuyos indudables méritos son profusos. Primero, su esfuerzo loable por tomar en cuenta toda la producción filosófica nacional, pues a partir de él resulta más fácil tener en cuenta lo que se escribe sobre filosofía en el país y en América Latina, y esto no debe perderse, dada nuestra proclividad a ignorar el mérito de un compatriota. Segundo, insistir justicieramente en romper con el pensamiento anatópico. Tercero, ha acercado a toda la comunidad filosófica hasta un grado que todos se pueden tener presentes. Y cuarto, proponer unas nítidas tareas a la filosofía peruana y latinoamericana.

Querámoslo o no estos aspectos positivos de su labor han influido sobre nosotros, la cuarta generación de la filosofía peruana el siglo XX y en la primera del siglo XXI. La historia de las ideas tiene sus ilustres antecesores en Augusto Salazar Bondy, Francisco Miró Quesada y Felipe Barreda y Laos. Pero nadie como Sobrevilla ha estudiado de modo tan extenso y completo la producción filosófica peruana. Sus libros, como autor y compilador, son valiosos, muy informativos, actualizados, exhaustivos y, por lo general, sus críticas suelen dar en el blanco. Es cierto que ha difundido entre nosotros más la cultura filosófica alemana, que la francesa, inglesa o norteamericana.

El hecho que  haya existido entre nosotros más profesores que se han formado en Alemania, como Luis Felipe Alarco, Wagner de Reyna y David Sobrevilla, condicionó para que en nuestro mundo académico se sepa poco sobre un Austin, un Ryle, un Putnam, un Davidson, dentro de la tradición analítica, o de un Levinas, un Baudrillard, un Touraine, un Lacan, un Derrida, un Foucault o un Bordieu dentro de la filosofía francesa actual. Pero estos sesgos son algo normal en toda cultura cuya tradición filosófica está en camino de madurez. Además, él ha señalado con claridad las tareas que tiene la filosofía en América Latina. Claro, dichas tareas quedaron nítidamente trazadas tras la actuación polémica de insignes figuras de la filosofía peruana (la “generación Romero”, Francisco Miró Quesada y Salazar Bondy) y latinoamericana (Zea y Dussel). De modo, que a su gran capacidad de trabajo Sobrevilla une un esfuerzo sincero de sistematización y síntesis programática. Sólo falta la cereza en la torta, esto es, una filosofía propia o lo que él llama: el replanteo de la tradición filosófica occidental.

Y este punto corresponde al Sobrevilla-pensador. Más aun, personalmente creo que lo ha intentado a nivel estético e histórico (véase su libro Repensando la tradición occidental, Amaru editores 1986). Nacido en 1938 en el Perú profundo, la ciudad de Huánuco, le corresponde el mérito de reivindicar para la estética contemporánea la artesanía y el arte popular. Además, lo ha señalado como tarea para toda la comunidad filosófica, nos ha lanzado el guante. Como él mismo lo señala en uno de sus libros: “No constituyen de por sí obviamente la propuesta de una filosofía, sino apenas ideas muy generales sobre lo que debemos hacer para lograr la madurez de la filosofía de Nuestra América” (D. Sobrevilla, Repensando la tradición de Nuestra América, BCR, Lima 1999, p. 266).

No obstante, la obra de Sobrevilla-crítico goza entre los filósofos de una bien establecida reputación de crítico algo recargado. Lejos de mí querer rebelarme contra esta apreciación, salvo en un aspecto, y es que la creo maximalista. Pues, la obra crítica de Sobrevilla es por lo general serena y sesuda cuando no está signada de un tufillo de animosidad, que la vuelve incontestablemente denigrante; sobre todo cuando trata a ciertos filósofos peruanos. Sinceramente en muchas de sus páginas, especialmente en Repensando la tradición nacional, el lector se queda perplejo por la innecesaria virulencia del ataque corrosivo. Todos sabemos que él sigue el consejo de Jacques Barzun, en cuanto tomar en cuenta también lo mediocre y peor en toda cultura. Pero el caso es que conviene no exagerar, porque de lo contrario pensadores significativos descienden a las oscuridades de lo peyorativo.

Ciertamente, la Historia de las ideas es un territorio muy resbaladizo. No sólo porque la reconstrucción de un pensamiento pasado está penetrada por la óptica inevitable del presente, que en muchos casos es bienvenido por arrojar nueva luz. Pero, aun cuando no se incurra en anacronismos, acontece que el límite de las ideas es casi imperceptible, casi inconmensurable. ¿Podemos acaso estar seguros de todos los matices de una idea? Maurice Blanchot, uno de los principales escritores y críticos de la posguerra que ha ejercido enorme influencia sobre Foucault y otros, ha dicho que el carácter exacto de una obra no está jamás presente para ningún autor, y nosotros añadiríamos, ni para ningún crítico.

La obra de Sobrevilla-crítico, resulta ser, en este sentido, paradigmático. Tanto es así, que entre sus contribuciones, probablemente cuenta que demuestra que un historiador de las ideas, si bien es cierto, no debe mostrarse neutral, tampoco debe tratar de imponer su criterio. Este error metodológico se caracteriza por tratar de ver las cosas como nos hubiese gustado que sean. El historiador de las ideas es útil cuando nos demuestra que si queremos hacer justicia a la empresa histórica, debemos tomarlas tal como son y no como quisiéramos que hubiesen sido. Es como un pájaro que vive en una encina y que desde las primeras horas de la mañana cuenta todo lo que ve con su gorjeo claro y sostenido. Naturalmente en su verso no todo es infusión de flores; pero de ahí a bajar para ponerse como un gallito carioco a enmendar las cosas ya es otro cantar. Y esto significa que hay que resistir a la tentación de registrar el pasado en busca de reproches, porque la distorsión resulta pedante y pesada, y no estaría respondiendo a la naturaleza de su misión.

Naturalmente, Sobrevilla es muy inteligente, ama escribir obras voluminosas, de extensa y valiosísima bibliografía. A propósito de obras voluminosas, Ganivet decía que un libro grande da importancia, pero siendo malo o bueno pasa muy pronto a formar parte de las obras muertas de las bibliotecas; en cambio, un libro pequeño está obligado a ser bueno, de lo contrario morirá al primer embate (Ángel Ganivet, Idearium español, Aguilar 1964, p. 136). Volviendo digo que sus análisis y comentarios son agudos y penetrantes, sus distinciones profundas, leer sus obras es provechoso.

Su estilo no es bello como en Platón, ni elegante como en Bergson, ni ágil como en Russell, ni humorístico como en Ortega, ni ameno como en Miró Quesada. Al contrario es directo como un geómetra y cáustico como un ironista. Pero también es un signo de los tiempos; hay poca vida en él. El frío clima se debe en gran parte a una filosa crítica acompañada de una propuesta muy general. Los grandes planteamientos se quedan en ideas muy generales. Pues el cuidado que se toma en buscar si lo que explica es conforme o no a la nueva bibliografía en boga o a lo que dijo alguna figura sobresaliente, es probablemente una máscara que lo deja exánime. Incluso su exactitud de notario para citar y señalar el error en los demás, son las de un erudito que aún está en camino de redondear su plan original: reformular la tradición filosófica occidental (D. Sobrevilla, Repensando la tradición nacional, 2 tomos, Editorial Hipatía, Lima 1988).

Si se estudia su técnica de prueba veremos perfilarse un método en que prendido del prestigio y hallazgo de los grandes pensadores analiza a los autores que selecciona. Así éstos aparecen pequeños e insignificantes. Como señaló en su momento el filósofo argentino Ezequiel de Olaso (Con rigor y sin ilusiones, artículo en el suplemento del diario El Comercio, Lima, la fecha no es legible en mi recorte), todo lo que toca lo convierte en polvo. A veces, como un rey Midas al revés, todo lo que toca lo vuelve rescoldos.

Nada ni nadie se salva de su criba implacable y algunas veces excesiva –como le reprochó Walter Peñaloza (Una respuesta tardía a Sobrevilla, en Revista de Epistemología, Año 1, nº 1, 1997, Lima, Optimice editores, pp. 55-104). Pero su construcción crítica, siendo muy sólida aun, tiene importancia, porque cuando no se interpone el calor polémico sus comentarios brillan con luz propia. Lo que parece cierto es que un buen análisis filosófico debe ser a la vez formativo y no sólo informativo. La simple sobrecargada exposición de citas de poco ayuda cuando no contribuye a repensar los problemas y doctrinas con una sana crítica. Además lo formativo debe estar ligado a la situación espiritual de nuestro tiempo. En estas unilateralidades excelentes eruditos han sucumbido.

No hay duda que Sobrevilla es un pensador, pero como pensador esperamos que luzca como gran filósofo Sin duda, es un gran historiador de las ideas, y en la historia de la filosofía el lugar que le corresponde resulta ser la de un importante crítico dedicado al comentario minucioso. La mayor parte de los críticos hacen álgebra mental sentada ante una mesa, pero se olvidan que lo esencial es tratar de elevar las pupilas hacia el vislumbre inspirador del pensador. Grandes filósofos peruanos que iluminaron su época, un Augusto Salazar Bondy, un Francisco Miró Quesada, un Walter Peñaloza, un Juan Bautista Ferro, un Wagner de Reyna o un Mariano Ibérico, también incursionaron en la crítica de las ideas pero pronto desplegaron las alas de Pegaso hacia planteamientos propios.

Pero tampoco es exacto decir, como sus detractores, que Sobrevilla no inventó nada. Pues, que carezca de una sistematización filosófica propia no lo excluye de haber realizado contribuciones. Así, todo su pensamiento gira sobre el pivote del anatopismo, las filosofías heterogéneas y el repensar la tradición filosófica. Sin embargo, las ideas vertebrales son de Víctor Andrés Belaunde, Augusto Salazar Bondy y la actuación de la “generación de Romero”. Contribución original constituye su concepto de “filosofía heterogénea”, como actividad importada e injertada en el seno de una cultura extraña.

Y esto es una cuestión difícil, porque para decir que algo es “filosofía heterogénea” hay que partir de un concepto previo de lo que es la filosofía. Él por supuesto que lo hace. Pero, el asunto es que los filósofos no están de acuerdo sobre la naturaleza de la filosofía. Es más, podría exigirse una previa teoría de la razón o de la racionalidad a todo aquel que pretenda definir lo que es la filosofía. Por ende, no hay que esperar hasta las calendas griegas. Así, nos asiste pensar que nuestro septuagenario crítico esté entrando a la tercera etapa y nos proporcione su propio replanteo filosófico.

Pero no seamos demasiados severos y sólo tratemos de retener que una buena crítica no sólo debe ser comestible y depurativa como la achicoria, sino también digestiva y relajante como la manzanilla. Sin duda, Sobrevilla luce como un gran historiador de las ideas, y efectivamente lo es. Por ello es tenido en gran estima por sus contemporáneos. Sin lugar a dudas el juicio de los contemporáneos se equivoca a veces, casi siempre es llevado por la moda. Pero en este caso su contribución es innegable. Es efectivamente el referente crítico más actual de la filosofía peruana, que ejerce desde la última década del siglo XX una influencia considerable. Su legado a la filosofía peruana es haber aportado el complemento actualizado a la historia de las ideas Ciertamente, su revisión bastante completa de la bibliografía nacional comporta dos aserciones que no son menos independientes una de otra y deben, por esto, ser cuidadosamente distinguidas.

La primera concierne a la situación actual de la filosofía   peruana.   Y   en  este punto estamos frente al Sobrevilla-pensador. Afirma que ésta va dejando atrás el dogmatismo, la imitación anatópica, y la falta de información, pero aún le falta superar el aislamiento, ensayismo, historicismo y el anatopismo y a pesar de ello se hace filosofía (D. Sobrevilla, La filosofía contemporánea en el Perú, Carlos Matta editor, Lima 1996). Con lo que estamos parcialmente de acuerdo. Pues, por ejemplo, no se ve la necesidad de que la filosofía peruana abandone el ensayismo filosófico, cuando las grandes obras del pensamiento occidental han sido ensayos. Miró Quesada demostró que es posible el cultivo, a la vez, de temas universales como de temas concretos que afectan nuestra realidad. Tampoco me parece que los filósofos de la “generación de Romero”, que logran la “normalidad filosófica”, estaban atrapados en el dogmatismo y la falta de información. A lo que se ajusta, más bien, es a la situación de excesiva ideologización a la que devino la filosofía peruana en el último tercio del siglo XX.

La segunda, tiene que ver con su teoría que la filosofía en nuestra América es injertada y heterogénea, sólo queda asumir crítica y creadoramente la tradición occidental, pues predicar o practicar otro tipo de filosofía es efectuar un pensamiento pre-filosófico y pre-teórico (D. Sobrevilla, Repensando la tradición de nuestra América, BCR, Lima 1999). Aquí no voy a insistir sobre mi discrepancia basada en la distinción en el logos humano: del logos del mito y el logos de la ratio; ni sobre la filosofía mitocrática y la filosofía logocrática. Que la filosofía latinoamericana pertenezca al ámbito de Occidente no la exime de investigar sobre otras formas no occidentales de filosofar. Conque volvemos al punto de partida de su libro programático Repensando la tradición nacional.

El programa de Sobrevilla-pensador resulta sin duda muy sugerente e interesante, aunque tengo mis objeciones que aquí no vienen al caso. No obstante, no cabe vacilación que también existen otras vías. Recuerdo que Karl Jaspers recomendaba al aspirante a filósofo un método menos progresivo, a saber, escoger a un gran filósofo y estudiarlo a fondo, y a través de él vería como en un prisma todo el problematismo filosófico. Schopenhauer, por su parte, al ser importunado por un reportero sobre lo que se necesitaba para ser un gran filósofo respondió: tener una visión profunda de la realidad. De modo que el programa de Sobrevilla viene a enriquecer las vías del filosofar. De cualquier forma, nos haría bien aclarar en qué consiste su asunción creadoramente de la tradición occidental.

Nos da algunas pistas. No imitar, ni repetir ideas ajenas, ni hacer que las circunvoluciones cerebrales solamente sirvan como escaparates de libros, como supuestamente caracteriza a la corriente universalista. Pensar por cuenta propia, pero con los más altos estándares conceptuales y metódicos del saber, conectándose con la propia realidad nacional, como aspira la corriente regionalista. Lo cual también quiere decir que no siempre estudiar en el extranjero es la varita mágica que convierte en filósofo, sino que al contrario, el desafío recién empieza al volver a pisar suelo patrio. Retornar con un puro formalismo externo y reaccionar con reflejos de axiomas aprendidos no es hacer verdadera filosofía ni asumir crítica y creadoramente nuestra tradición occidental.

En realidad, lejos del regusto por glosar y el exhibicionismo de referencias bibliográficas lo que su obra enfatiza es la necesidad de que el filósofo que emprende una investigación u obra creadora esté bien informado y lo suficientemente bien actualizado. No hay que caer en el complejo adánico, ni convertirse en papagayo repetidor de ideas ajenas. Pero aquí se me viene a la mente una vieja conseja: Lo perfecto es enemigo de lo bueno. ¿Realmente es posible, acaso, al mismo tiempo emprender una obra creadora y estar enterado de todo lo que se escribe sobre filosofía en Occidente? Personalmente no sólo creo que es imposible, sino que hasta resulta suicida para el creador. Es cierto que la filosofía es un conocimiento que exige entrenamiento y preparación, pero la misma no debe ahogar a la creación. Y esto no hay que olvidarlo.

Realmente no es difícil adivinar lo que el lector finalmente se está preguntando: ¿entonces qué es ser un crítico serio? ¿Qué es ser un pensador? A boca de jarro podríamos responder que un crítico serio es aquel que no va a la diatriba, lee entendiendo, traduce correctamente, no es sabihondo ni distorsionador y no sobre exige al autor comentado. Eugene Ionesco decía que el crítico debe describir y no prescribir. Esto nos lleva a pensar también que un buen crítico no debe sólo juzgar, por cuanto más se enjuicia menos se ama, y el mejor medio para comprender algo es la empatía. Ya lo decía Bergson, para comprender algo hay que amar ese algo.   Un   crítico   no   puede  entrar como un gladiador dispuesto a vencer y descuartizar al oponente, porque un buen crítico no tiene oponentes tiene compañeros de ruta. Ortega también lo decía de otra forma; “Cada día me interesa menos ser juez de las cosas y voy prefiriendo ser su amante”. Sin embargo, parafraseando a Federico Schiller, se me ocurre acotar que en lo que parecemos, todos tenemos un juez, pero en lo que somos nadie nos juzga salvo nuestra propia conciencia y Dios.

¿Y qué es ser un pensador? Esto es algo más difícil de responder. Obviamente que aquí nos preocupa el pensamiento creador y no cualquier forma de pensamiento. Es más, pensamiento creador no sólo es de naturaleza teórica, hay creación en el arte, el deporte, etc. Pero como nuestro asunto es la filosofía nos centramos en la creación teórica, aunque valga la acotación que en ella hay también mucho de intuición artística de la idea original. Pues bien lo cierto es que no hay acuerdo sobre lo que es la “creatividad”. Todos los hombres crean pero no todos son creadores, todos los hombres filosofan pero no todos son filósofos y todos los filósofos saben de filosofía pero no todos son pensadores.

Un estudio exhaustivo de la obra de Sobrevilla –yo no lo puedo hacerlo aquí- demostraría que su obra persigue devolverle a la filosofía peruana el nivel que le corresponde en el concierto latinoamericano y mundial. Creo que este es el sentido noble, profundo y último del esfuerzo filosófico de Sobrevilla, expresado en la hora más dramática de la vida nacional, a saber, la segunda mitad  de  los  años  ochenta  y la primera década de los noventa, asolada por el terrorismo y la guerra sucia. Lo que produjo en las universidades el decaimiento ideologización y retraso curricular de la filosofía. No creo deformar su pensamiento aseverando que es un importante censor y comentarista riguroso, con algunas flechas emponzoñadas. Charles Péguy decía: “Nunca juzgo a un hombre por lo que dice, sino por el tono en que lo dice”. Me parece que a estas alturas se impone una conclusión. Parecido al pan que está a punto de salir del horno, así Sobrevilla nos dejó en el laberinto del replanteo crítico de la tradición filosófica. Brindo por su feliz término, en bien de la filosofía peruana.

En resumen, Sobrevilla es el más importante crítico vivo, mejor informado, que nos recordó tomar en cuenta la producción filosófica nacional, a combatir los hábitos mentales anatópicos, muy valioso en este sentido, y que anhela que el destino de la filosofía peruana sea alcanzar los más altos niveles del saber.

En suma, el pensar iberoamericano no tiene que parecerse a la rigorista filosofía germánica. Al contrario, lo que más le favorece es fortalecer su propia personalidad ensayística. Nuestra filosofía, a pesar de su normalización, está más unida a la literatura, a la vida y al pensamiento en general. De modo que no resulta ser una ocupación exclusiva de filósofos profesionales, ni sólo de temas abstractos, sino que también desborda lo académico y, felizmente, se halla inextricablemente unido a la realidad social. Este último remanente anatópico no hay que extirparlo del todo del parque zoológico de la filosofía nacional. Así por lo menos tendremos variedad y exotismo.

Lima, Salamanca 19 de Agosto 2014