viernes, 6 de noviembre de 2015

LA NATURALEZA EN LA COSMOVISIÓN DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS DE LA AMAZONÍA PERUANA

Comunidad Yahua, Iquitos, Perú.




Julio César Olórtegui Sáenz
jcolortegui06@hotmail.com
Universidad Nacional de la Amazonía-Iquitos-Perú.

Ponencia magistral en el XV Congreso Nacional de Filosofía, realizado en la ciudad de Puno, del 26 al 30 de octubre del 2015.




os españoles del siglo XVI al encontrarse con los pueblos originarios de la Amazonía peruana, hallaron en estos no solo un conjunto de lenguas e idiomas distintos, sino fundamentalmente una forma distinta de pensar y de actuar. La cosmovisión que ellos traían consigo era muy diferente a la de los pueblos originarios. Por ejemplo, en la cosmovisión occidental sobre la naturaleza, hacen de ésta  un objeto de adquisición de riquezas; por el contrario en la cosmovisión amazónica,  no  se ve a la naturaleza como un objeto, sino más bien la entienden y, sobre todo, se sienten como parte de ella, es decir, la naturaleza es parte significativa de su ser y existir.

Existía entonces, y existe aún hoy un conflicto, entre estas dos cosmovisiones en torno a la naturaleza, que corresponden, sin duda, a dos visiones muy distintas, pues se puede afirmar, que la cosmovisión occidental es básicamente antropocéntrica, y la de los pueblos originarios es cosmocéntrica, pues se fundamentan en los principios: de armonía, de diversidad, de relacionalidad, de correspondencia, de complementariedad de contrarios, y de reciprocidad. Por  lo tanto, difieren en aspectos centrales, como parte de sus respectivas cosmovisiones, en sus concepciones sobre la naturaleza, Al tener dos cosmovisiones distintas, y diferentes formas de explicación e interpretación del mundo que los contiene y rodea, tienen, por tanto, imágenes distintas del mundo.

Actualmente se han agudizado los problemas de, la calidad de vida y la ecología, Algunos investigadores  occidentales se han planteado la tarea de dar soluciones a estos problemas, mientras que otros creen que indefectiblemente no es posible solución alguna para tan grave encrucijada.

Pretendemos aprehender la cosmovisión y principios de acción de los pueblos originarios respecto al cuidado de la naturaleza, y el sentido cosmocéntrico que ellos tienen en torno a la naturaleza.

Esta  preocupación nos permitirá abrir un diálogo intercultural en torno a las preocupaciones ecológicas, ambientales y comunitarias de ambas culturas y sus respectivas cosmovisiones. También nos permitirá un diálogo, ya no vertical, sino en forma horizontal entre la racionalidad tecnocientífica, característica de esta época con la visión cosmocéntrica  (racionalidad  de los pueblos originarios), para proyectos conjuntos de cooperación y sana convivencia.

1. Formas de ver el mundo

Desde la instauración de la modernidad, las llamadas sociedades industriales menoscabaron las cosmovisiones de los pueblos originarios y sus relaciones interpersonales. Es más, la cosmovisión occidental se autoproclama como la poseedora de la razón universal y del pensamiento abstracto, y que su forma de racionalidad es la más desarrollada de todas; esto da lugar al etnocentrismo, que permite la intolerancia, la irracionalidad y el autoritarismo, para con las demás cosmovisiones y las culturas de los demás continentes.

La formación educativa en nuestro país, configurada por la cosmovisión occidental, nos inclina a que, cuando escuchamos narraciones de las cosmovisiones de los pueblos originarios, las entendamos como simples leyendas o mitos fantasiosos, que testimonian  la ignorancia y el atraso de esas culturas; pero no nos ponemos a analizarlas como poseedoras de una rica historia y cultura, y menos aún tratamos de comprender su enorme significado para comprender el mundo, la sensibilidad y  espiritualidad de su relación con la naturaleza y de percibirnos como parte de ella. El individuo se integra a su comunidad cuando interioriza los símbolos, motivaciones y sentidos compartidos que son comunes. Es imprescindible evitar los choques traumáticos sobre la cosmovisión de los pueblos originarios, de sus principios cosmogónicos, normas morales, y de formas de vida   que son opuestos a la cosmovisión de occidente. Los encargados de impartir la educación en nuestro país, tienen una ardua tarea en éste sentido, pues esto permitirá acentuar la identidad cultural de nuestros pueblos.

2. La Naturaleza para la Cosmovisión Amazónica

Entendemos por Naturaleza, a todo aquello que existe por sí misma y no depende de ningún observador, ni creador “…y que los humanos pueden mejorar o degradar, estudiar o ignorar, pero no crear ni aniquilar”. (Bunge, 2207,146). En forma general podemos decir que naturaleza es todo aquello que conforma el universo, en el cual no interviene la mano del hombre.

Desde los albores de la humanidad, el hombre ha estado relacionado con la naturaleza, pues en ella encontraba la solución a los problemas que se le presentaban, tratándose de adecuarse a ella y tomando sólo lo necesario para suplir sus necesidades elementales, sin tratar der violentarlas o contradecirlas, es decir respetándola. El hombre antiguo tiene una visión simbólica y sacralizada de la naturaleza, de la cual  forma parte, se siente como un intermediario entre el mundo de arriba y el mundo de abajo.

Para los pobladores amazónicos, la naturaleza es entendida y comprendida como una madre que cría, todo lo existente, no está objetivada como un recurso  sino más bien como una fuente que da vida y permite vivir.

Miembro de la comunidad Yahua.
Para ellos la naturaleza, no sólo está conformada por lo material, sino que también forma parte de ella lo espiritual (madres de las cosas, guardianes de los animales y plantas, y otros espíritus que pueden ser benignos o malignos para el ser humano), y tanto lo material como lo espiritual tienen que mantener un equilibrio y armonía. Consideran que la Naturaleza tiene “sentimientos” por tener espíritu, así como tenemos los seres humanos.

La naturaleza es todo aquello que mantiene y tiene relaciones entre sí y con los seres humanos, conformando un todo, y que ésta tiene principios que deben ser respetadas, si se quiere mantener un equilibrio entre todas las partes que lo conforman,  y que el ser humano a su libre albedrío no puede modificarlas, atentando contra su integridad y totalidad como un “ser” que merece ser catalogado como tal.

Al considerar desde esta perspectiva a la naturaleza, los descendientes de los pueblos originarios, querer imitarla manteniendo la armonía y el equilibrio, que se materializa en la cultura del compartir: los recursos, las festividades, los saberes, las tecnologías.

La naturaleza integra todo lo existente, nada está fuera de ella, es la misma realidad, que es Una  y que todas las cosas subsisten –como unidad y como multiplicidad– bajo la totalidad de la Naturaleza.
“…esta Naturaleza proporciona al hombre el alimento material (comida, enseres, alojamiento…) y el alimento espiritual o del alma, ya que no se concibe un Universo sin vida propia, sin la existencia de los seres que lo habitan y lo rigen y sin una comunicación con ellos a través de sus manifestaciones simbólicas. (Ochoa, J. 2003, 196-197).

La naturaleza para los pueblos Cocamilla, Cocama, Asháninka, Machiguenga, Huitotos, entre otros, está concebida y centrada en el territorio, en el bosque y en los elementos conformantes de ésta, con los cuales hay que mantener una relación armoniosa de equilibrio y no de dominación, pues esta última conduce a la alteración o trastrocamiento. La naturaleza no es algo ajeno o externo y opuesto a las relaciones sociales que establecen los descendientes de los pobladores originarios. Existe una estrecha relación entre lo biológico y lo social.

Para los descendientes de los pueblos originarios amazónicos, el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los seres humanos conforman un todo, todo lo existente tiene vida y por lo tanto deben ser respetados como tales, “…y cada uno de ellos tiene un espíritu, una energía transformadora, y que a su vez este espíritu tiene una madre o un padre al que está supeditado. Así, la mejor forma de entablar relaciones con estos seres es invocando a su “madre” o “padre”. (Pinedo, D. 2015, 2).

Los diferentes pueblos han concebido su relación con la naturaleza de diferentes maneras y a  partir de ellas, las personas han construido sus cosmovisiones, sus relaciones económicas y sociales. Para los descendientes pueblos originarios amazónicos, en sus cosmovisiones no existen límites rigurosos entre naturaleza y sociedad, lo humano y lo animal, lo sagrado y lo profano, no existe esa dicotomía tan característica en las sociedades de tradición occidental, para las cosmovisiones indígenas  existen una multiplicidad de esferas de la realidad, que se relacionan entre sí, y  configuran la interacción entre todos los miembros de la naturaleza.

En la cosmovisión de los pueblos originarios, es un denominador común la unión indisoluble con la naturaleza, ella es su espejo, su referente, es así que cada pueblo, cada cultura es el espejo del mundo natural en el que vive. La diversidad cultural es el espejo de la diversidad natural. La naturaleza es concebida como un ente sagrado, Para los descendientes de los pueblos originarios amazónicos, todo lo existente en la naturaleza, es sintiente y viviente y por ende, un principio fundamental es el respetar y tratar a la naturaleza como un sujeto esencial para la vida de todo ser. Es necesario observar con detenimiento el comportamiento de la naturaleza, para poder conocerla y comprenderla, escuchar los sonidos que emiten sus miembros, para armonizar con ella y no dañarla. En ésta cosmovisión, el ser humano, no es una especie superior a las otras especies (animales o plantas), él ocupa un lugar en la naturaleza y comparte el destino común de todos los seres vivos y no humanos.

(Polo, M. 2005, 30) cita al brasileño Léo Pessini, quien plantea tres modelos de concebir a la naturaleza: “La naturaleza como algo sagrado, la naturaleza teleológica, la naturaleza dotada de poder y elasticidad”.

La naturaleza como algo sagrado. Este modelo está presente en la mayoría de los pueblos y culturas antiguas, así por ejemplo en las cosmovisiones amazónicas, los ríos, cochas, quebradas, plantas y animales tienen un espíritu y están animados. El cristianismo también nos dice que la naturaleza es sagrada porque es obra de Dios, pero no es Dios mismo, pero siendo su obra hay que cuidarla. Este modelo exige al hombre respeto y veneración hacia lo que se considera sagrado.

La naturaleza teleológica. Plantea que la naturaleza tiene una dinámica en sí misma, y no hace referencia a un  creador o hacedor. Esto fue propio de los filósofos griegos de la antigüedad, que consideraban que la naturaleza tiene sus propios fines inherentes a ella misma. Según este modelo, el hombre debe contemplar, admirar, conocer a la naturaleza, pues así el hombre está cumpliendo con los fines de su propia naturaleza. Este modelo se sostiene siempre y cuando la ciencia sólo sea contemplativa, pero no operativa ni transformadora, esto realmente no es posible en la era de la tecnociencia propia de nuestros tiempos.

Modelo de poder y elasticidad. Según éste modelo la naturaleza está alejada del hombre, es independiente y las fuerzas que actúen en ella son impersonales y no corresponden a nada sagrado. Este modelo permitió al hombre, al concebirla como ajena a él, el poder dominarla, moldearla y darle diversos usos, no sólo el valor de uso sino más bien el valor de cambio y explotarla con la mayor eficacia.

Nosotros creemos que estos tres modelos de entablar las relaciones de la naturaleza con el hombre no deben ser excluyentes entre sí, sino más bien habría que relacionar los diferentes modelos, buscando lo más óptimo de estas relaciones para el beneficio no sólo de los seres humanos sino de todos aquellos que conforman el mundo en que vivimos. Y esto es necesario comprender, pues de las actitudes y acciones que tomemos depende el futuro no sólo de la humanidad, sino también de nuestro planeta. Hace menos de cuatro meses, hubo una reunión en la capital de la República, de líderes de distintas latitudes del mundo, preocupados por el Cambio Climático, Calentamiento Global y Efecto Invernadero, esta preocupación es por la naturaleza, por el mundo, porque nos afecta directamente, pero, para muchos de estos líderes mundiales lo principal no es la salud ni el beneficio de la humanidad, sino más bien los intereses económicos, y en vez de aceptar  de reducir o eliminar lo que nos está haciendo daño, prefieren posponerlo para más adelante, les alarma ahora, pero no están pensando en las generaciones venideras, sólo les interesa el presente. Debemos tomar conciencia y responsabilidad ante este problema, pues este ha sido causado por la actividad del hombre, por sus industrias que contaminan el ambiente, no son cambios generados por la propia naturaleza, pero ésta ha encendido una alarma que debemos escuchar para no seguir destruyéndola, comprendamos que la naturaleza es como un ser vivo, no es algo inerte, que entre ella y nosotros existen relaciones y complementaciones que nos permitirán mantener el equilibrio y la armonía.

Bosque inundado en el Amazonas, Iquitos.
En los pueblos originarios, el conocimiento adquirido es a través de la práctica diaria, “el saber hacer”, los saberes son transmitidos de generación en generación, a través de la cosmovisión se entrelazan las costumbres, las normas morales, las relaciones interpersonales y también su relación estrecha con la naturaleza, de la cual se derivan el respeto y la armonía con ella, como servirse de ella sin dañarla. Nosotros formados en, y con la cosmovisión antropocéntrica, debiéramos tomar conciencia del significado de la naturaleza y hacerla nuestra para percibir que todos los seres existentes en nuestro entorno, están relacionados de múltiples formas y que nada está aislado o es superfluo, pues cada uno cumple un propósito en este entramado de relaciones dependientes no sólo con los seres vivos, sino también con los objetos inanimados (ríos, cochas, quebradas, arboles, etcétera.), y que todos ellos tienen derecho a existir. Debemos dejar de lado la valoración de la naturaleza como algo instrumental (Antropocentrismo), con valor de cambio, como mercancía; y comprenderla que en la naturaleza existen valores de uso. Es necesario ver que nosotros los seres humanos no sólo tenemos obligaciones morales  entre sí, sino que este debe ser ampliado a la naturaleza en su conjunto. Hay que propugnar que los seres humanos tomen conciencia del rol que desempeñamos en la naturaleza.

3. La naturaleza como el otro


La relación del hombre y la naturaleza, tiene antecedentes remotos, según Ojeda  citando a Laurie: “la Humanidad ha transitado por cuatro momentos históricos referidos a esta relación: Temor, Respeto, Rompimiento y Reconciliación”. (Ojeda, A. 2008, 2).

Al aparecer el hombre sobre la faz de la tierra, tiene el mismo comportamiento que el resto de los seres vivos es decir el de la sobrevivencia. La tierra lo alimentaba y guiaba, y todo aquello que acontecía su alrededor, era explicado mediante la magia y el mito, no se sentía ajeno a la tierra, sino como parte de ella, pero sentía temor hacia ella.

Luego el hombre, toma una actitud de respeto, principalmente en el mundo antiguo griego, donde se comenzó a explicar el porqué de las cosas. En el Renacimiento, comienzan a cambiar las relaciones entre los hombres y la naturaleza, se comenzó a separar la política de las consideraciones morales, el hombre se considera con mayor relevancia el centro del mundo, también se comienza a perfilar el individualismo y el fetichismo de las mercancías, el hombre ya no se siente tan pendiente de su comunidad, su individualidad le hace sentirse otro, diferente para con los demás y para con su comunidad originaria, se acentúa el desprendimiento con respecto a la naturaleza.

Aparece el rompimiento de la relación: Hombre - Naturaleza; con el surgimiento de la revolución industrial, aparecen nuevas formas de relación entre los mismos hombres y se perfilan afanes de negociación y consumo. El hombre busca encontrarse consigo mismo, y en base a su individualismo se siente distinto a los demás y a su comunidad.
“El racionalismo como doctrina filosófica, juega un papel importante, pues está acompañado con la idea del progreso, y en el siglo XVIII se llegó a identificar el progreso de la ciencia con el progreso social; y las relaciones que mantenía el hombre en su imaginario con la naturaleza, se las comenzó a catalogar como retrógradas y perjudiciales para el progreso de la humanidad. El concepto de comunidad empieza a debilitarse ante el de individualismo, como supuesta forma racional de evolución y crecimiento moderno. Las culturas alejadas y extrañas a la cosmovisión eurocentrista se verán seriamente dañadas y lesionadas en su riqueza cultural y ambiental, como fueron los casos de las mesoamericanas y africanas”. (Ojeda, A.2008, 6)
En las culturas de los pueblos originarios, se entiende a la naturaleza como un ser vivo que mantiene relaciones muy estrechas con todos sus miembros, mientras que para los pueblos de occidente, la naturaleza es como una máquina, a la cual hay que investigarla, para sacar de ella todos sus secretos, para utilizarla en beneficio de la humanidad.

El siglo XIX, pone su fe en el Positivismo como doctrina filosófica, para conocer más sobre la naturaleza, tratando de eliminar del conocimiento del hombre todo aquello que le parezca metafísico o que  no esté de acuerdo con el desarrollo de la ciencia y la lógica impuesta por la modernidad. El hombre de éste siglo, en base a su individualismo, se sintió que estaba por encima de la naturaleza, tenía derechos sobre ella, pero no obligaciones; y por lo tanto podía manejarla a su antojo y buscar en ella lo que más le convenía sus intereses, sin tener que respetarla, ni considerarla como “el otro” que tiene que ser respetado y considerado. Nadie en su sano juicio, puede negar el logro alcanzado por la humanidad, gracias a los planteamientos del racionalismo y el positivismo, pero tampoco podemos dejar de mencionar, que para algunos individuos, sólo es válido el conocimiento obtenido por la ciencia y la lógica de la misma, no siendo reconocida como conocimiento válido, lo obtenido gracias a la experiencia ancestral de los pueblos originarios.

La extracción del oro está causando un grave daño
ecológico en el Amazonas.
El capitalismo como sistema de producción imperante en el mundo, remarcó el concepto de mercancía, que comenzó a regular las relaciones entre los hombres y para con la naturaleza. Aparece un nuevo modelo de hombre acorde con éste sistema, que tiene como principios necesarios e ineludibles: La individualidad, el pragmatismo, el egoísmo y la acumulación de riquezas. Las clases privilegiadas y dominantes del sistema tienden a reducir los valores de uso a los valores de cambio, es decir de las riquezas, para éstas el valor máximo se convirtió en tener más y cada vez más, a costa del tener menos o incluso no tener nada,  los otros. Para éste sistema, adquiere una desmedida importancia el tener antes que el ser. Al separar el hombre de la naturaleza, esta última es vista como una cosa, como “lo otro”, lo no humano, este “otro” ya no es el compañero del espacio, ya no es la vida, ya no se mantiene  relaciones intrínsecas; para el capitalismo, la naturaleza  tiene que ser objetivado y considerado como algo distante y ajeno, pasible de ser explotado.

La facultad de ver es la más desarrollada en la cultura occidental, hasta los últimos límites desarrollados por la ciencia y la técnica, mirar y observar es todo; en las culturas de los pueblos originarios, se cultiva y se desarrolla la facultad de escuchar a la naturaleza y también la de verla, y es  que a través de estas facultades, pueden escuchar los mensajes que emiten los seres que cohabitan con el ser humano, la naturaleza emite diversos mensajes a distintos destinatarios, por eso es necesario aprender a escucharlos y aprender sus simbologías, para poder establecer un diálogo que les permita mantener la armonía y el equilibrio, es decir la vida misma.

Los indígenas proponen: “La naturaleza es vida y la vida habla, pero muchos olvidaron escucharla. Si no nos oímos entre humanos, menos aún oiremos el mensaje de los árboles, los pájaros, los animales, el agua. Quien no escucha a la vida y pisotea a la naturaleza, cultiva culturas de muerte” (Conclusiones del Encuentro de Pueblos Indígenas 2008).

Para los pueblos originarios los distintos componentes de la naturaleza emiten sonidos, símbolos y  expresan las relaciones estrechas que existen en la misma como un todo. No ven en la naturaleza entes aislados, independientes, sino que existen entre ellos una sincronía y una armonía.

En nuestra sociedad actual, donde existe el individualismo, el egoísmo y el afán desmedido por la riqueza de unos cuantos en detrimento de los muchos; se manifiesta visiblemente la inequidad social, que trae como consecuencia una situación de desigualdad alarmante injustificable, pues hay diferencias entre los grupos o clases sociales en el acceso a los bienes y servicios, tales como vivienda, educación y salud.

Frente a ésta situación es necesario e ineludible reconocer que se está atentando contra la naturaleza, explotándola irracionalmente para obtener de ella el máximo provecho sin tener en cuenta el daño que la hacemos y nos hacemos nosotros mismos al no respetarla y cuidarla; y éste respeto y cuidado debiera ser hecho, regulando los sistemas irracionales de explotación de la naturaleza, reencontrarnos con la naturaleza, escucharla y verla, sintiéndonos como parte inherente de  ella, para garantizar el futuro de nuestros hijos, nietos, y de las futuras generaciones su sana existencia.

Vista aérea de la destrucción de la selva amazónica en Madre de Dios, Perú.
Las relaciones entre el hombre y la naturaleza en los tiempos modernos se han plasmado desde la perspectiva antropocéntrica (centrada en el hombre), teniendo como finalidad la satisfacción de sus necesidades, aprovechándose de los recursos que  les brinda la naturaleza, utilizando para éste propósito todos los medios que la ciencia y la técnica le ofrece, sin tener en consideración el cuidado y el respeto que como un ser vivo tiene la naturaleza como tal. Y al no tener en cuenta, ese respeto y cuidado, rompen la relación naturaleza-hombre, para  satisfacer  a la insaciable sociedad de consumo, que no tiene reparo en mantener una relación instrumental con la naturaleza, que tiene como consecuencias funestas: el deterioro del medio ambiente, el cambio climático, la expulsión de los pueblos originarios de sus tierras ancestrales.

La naturaleza en la sociedad moderna, es algo extraña a nosotros, no nos sentimos parte de ella, es algo externo y que no tiene vínculos directos con nosotros. Para el poblador originario, la naturaleza es cercana, directa, mantiene relaciones estrechas, la escucha y la ve, está atenta  a las más mínimas manifestaciones del deterioro de sus relaciones, no trata de divorciarse de ella y pretende mantener esas relaciones que constituyen su ser. “…el hombre moderno ha ido desconociéndola cada vez más como su propio medio, su alter, su sí mismo e, incluso, le ha negado su alteridad constitutiva”. (Rodríguez, B. 2012, 49).

El distanciamiento o divorcio del hombre contemporáneo con respecto a la naturaleza, es patentizado al ver a la naturaleza como un objeto, como una cosa, y no como el “otro”, como un ser, que tiene existencia, que es, y por lo tanto  se le debe tener consideración y respeto, muy por el contrario al cosificarlo y objetivarlo, lo ve como algo extraña, ajena, al mismo hombre, éste hombre contemporáneo no se siente parte inherente de la naturaleza, él se siente externo y ajeno a ella.

Para los pueblos originarios la naturaleza es como un libro abierto, donde puede aprender todo aquello que es necesario para su subsistencia, y como ellos dicen es su “mercado”, su “botica” de donde  extraen lo necesario para mantener la armonía con ella. Nunca buscan alterarla o contradecirla, porque son conscientes de que con ello destruía su equilibrio y bienestar.

El hombre  de los pueblos originarios de la Amazonía, tiene una visión simbólica y sacralizada de la naturaleza. Donde existe un orden y se mantienen relaciones, en la que cada ser ocupa el lugar que le corresponde. Él no se considera lo más importante, no se coloca en la cúspide de la pirámide, no tiene una mirada vertical para con los demás miembros de su entorno sino, tiene una mirada horizontal, y trata de no distorsionar  el orden existente dado por la naturaleza para todos sus miembros.

Este hombre amazónico, al igual que el andino, mantiene una relación de respeto hacia la naturaleza, entreteje un vínculo muy estrecho que podríamos llamarlo afectivo, parecido al que mantiene con los demás hombres de su entorno, cómo intimidad, seguridad, confidencialidad; de esta relación surge la reciprocidad entre ambos por los favores recibidos por el hombre de parte de la naturaleza, y ésta recibe del hombre los ritos y ofrendas correspondientes por lo que otorga. Si el hombre mantiene relaciones afectivas con la naturaleza., entonces podríamos considerar a ella, como “el otro”, y este “otro” no es algo inerte, insensible, sino más bien algo lleno de vida y sensible, por lo que debemos evitar hacerla daño con nuestras acciones, tendríamos que entablar un diálogo con ella, para evitar su enojo o ira,  estableciendo un diálogo fluido con ella, ya que somos nosotros los que más necesitamos de ella, y este diálogo no sólo debe ser individual, sino también como colectividad organizada, pues debemos tener en cuenta que nosotros formamos parte de ella, pero no somos indispensables para el desarrollo de la misma.

Juan Pablo II, cuando habla de cómo la naturaleza, es vista por el hombre actual, nos dice lo siguiente: “el ser humano parece no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente de aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo”. (Francisco, 2015, 5).

A causa de esta percepción, año tras año se van perdiendo miles de especies animales y vegetales, por la acción irracional del hombre. Sólo en la Amazonía Peruana, con la explotación petrolera y minera, se han perdido miles de hectáreas de bosque y también se contaminan sus cochas, lagunas y ríos que ya no pueden ser utilizadas por los descendientes de los pueblos originarios. Estos pueblos son poseedores de una gran biodiversidad y multiculturalidad, pero las instituciones y gobernantes de turno, poco o nada hacen para conservarla y preservarla para nuestras generaciones futuras. Habría que recomendar prestar la debida atención a lo que dice el Papa Francisco con respecto a lo anteriormente expuesto:
“La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la alteración de los ecosistemas”. (Francisco, 2015, 113).
Es urgente y necesario poner muchísima atención a los pueblos originarios, con sus respectivas tradiciones culturales, y sus conocimientos ancestrales sobre la fauna y la flora de sus territorios, más aún cuando sus espacios de subsistencia van a ser afectados por algún proyecto de inversión, pues ellos son los únicos interlocutores válidos, pues para ellos la tierra no tiene el valor mercantil que la asigna la cultura occidental, sino que tiene un valor casi sagrado, para sostener su identidad como comunidad y sus valores.

Para el hombre de nuestra época, la naturaleza sólo es vista como objeto, no es vista como un sujeto capaz de entablar un diálogo, es visto como algo inerte, sin vida, y a la cual no hay que tenerla mayor respeto o consideración. En cambio para los pobladores originarios de las distintas culturas amazónicas, la naturaleza es algo vivo que debe ser escuchada y vista desde otra perspectiva, tratando de mantener una buena relación con la naturaleza, respetando sus ritmos y tratando de mantener la armonía entre el hombre y la naturaleza, que durante miles de años lo han practicado, y que tienen fundamentos en sus conocimientos ancestrales; y que el hombre moderno no las quiere entender y explota a la naturaleza en forma irracional para que entregue sus frutos y riquezas, desoyendo el llamado que hace la naturaleza. Pero a aquellos que ven y oyen  a la madre naturaleza, se los llama ignorantes, “perros del hortelano”, "ciudadanos de segunda o tercera categoría" (Alan García).

El hombre actual con su soberbia, ve a la naturaleza como un objeto inerte, que sirve para satisfacer sus necesidades, a veces superfluas sin tener ninguna consideración hacia ella y la sobrexplota, logrando con ello la ruptura de la relación hombre-naturaleza, no como de sujeto- sujeto, sino más bien como sujeto-objeto, olvidando adrede que existe una relación afectiva  entre el hombre y la naturaleza, y sólo  tiene importancia para él, la productividad más eficaz.

No es que estemos en contra de que el hombre satisfaga sus necesidades, lo que criticamos es que para hacerlo tengan que atentar contra el equilibrio armónico y poner en peligro la subsistencia de miles de pobladores amazónicos de forma inmediata, y a largo plazo la depredación y extinción del planeta tierra.

Debemos recalcar, que el hombre es una especie más en la naturaleza, con ciertos rasgos muy particulares que lo hacen muy diferentes a las demás especies; pero eso no le da primacía y la soberbia para determinar que todo está  a su disposición y voluntad, sino más bien que debe tener muy en cuenta que él, es solo una parte del conglomerado de relaciones existentes en la naturaleza, y que hay que saber escuchar y dialogar con ella para mantener la armonía y el equilibrio si queremos que las próximas generaciones puedan contemplar y amar a la naturaleza.

El respetar a la naturaleza debe ser una actitud no sólo individual, sino colectiva de la humanidad, por un simple sentido común, pues estamos viendo directa e indirectamente como  se está destruyendo nuestro hábitat, y por ende estamos siendo condenados inexorablemente a desaparecer como especie de éste planeta. Muchas de las actitudes agresivas para con la naturaleza, las minimizamos so pretexto que son necesarios para la producción, el consumo y para el bienestar de la humanidad (pero no de toda, sino de una parte mínima), pues la gran mayoría no puede acceder a una vida digna y esa parte mínima es adicta al consumo excesivo.

El respeto a la naturaleza, debe iniciarse aprendiendo a respetarnos entre nosotros mismos, no veamos a la naturaleza como un objeto, sino como algo vivo, como “el otro” que siente y mantiene relaciones muy sutiles con todos los seres que habitamos este planeta.

4. El territorio. Equilibrio y armonía        

El territorio amazónico peruano tienen una extensión de 782.880,55 km², es decir el 61% del territorio peruano, según el criterio utilizado por el IIAP. La superficie total de la Amazonia es de: 951,591.00 Km2 correspondiente al 74 % del área total del País, (por lo tanto no es muy correcto decir que el Perú es un país andino, mejor sería llamarlo Andino-Amazónico). Políticamente comprende las regiones de Loreto, Ucayali y Madre de Dios, y parte de las regiones de Amazonas, Cajamarca, Huancavelica, La Libertad, Pasco, Piura, Puno, Ayacucho, Junín, Cusco, San Martín y Huánuco. (Dourojeanni, M., & Barandiarán, A., & Dourojeanni, D. 2009,17).

El criterio de que las áreas naturales protegidas naturales (16.5 millones de hectáreas) y las comunidades nativas y reservas territoriales (13.3 millones de hectáreas) son suficientemente grandes para asegurar la conservación del patrimonio natural y los servicios ambientales no es sustentado por los hechos. En efecto, a pesar de que ambos tipos de áreas cubren un 38% de la Selva, apenas poco más de un cuarto de esas tierras corresponden a protección integral.
De lo anteriormente expuesto, podemos afirmar que el 62% restante de la Amazonía peruana, está permitido explotar sus recursos naturales: ya sea para la agricultura (producción de biocombustibles), explotación maderera, hidrocarburos (gas y petróleo), minería,  energía hidráulica, carreteras, hidrovías; para lo cual no se está tomando en cuenta los graves impactos ambientales y sociales para la Amazonía peruana.

Diversidad y armonia de la flora amazónica.
La selva amazónica del Perú es una de las zonas con mayor diversidad biológica del planeta. Es tan grande la variedad de especies que se estima que la mayor parte de ellas sigue sin ser descubierta y menos estudiadas adecuadamente. Pese a conocer sobre esta gran biodiversidad, nuestros gobernantes de turno, hacen oídos sordos y se enceguecen ante las propuestas de las transnacionales de explotar éste territorio amazónico, por ello no dudan en permitir, construir carreteras, represas,  interconexiones eléctricas, puertos comerciales e infraestructuras energéticas  en toda la cuenca del Amazonas, por intermedio de la transnacional empresa brasilera: de Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que amenazan el territorio de los pueblos amazónicos. También existen planes ya concretizados en explotación maderera, petróleo, oro y gas. En el estudio “Amazonía Peruana en 2021” dejan constancia de numerosos proyectos —poco difundidos— de explotación de los más diversos recursos naturales en la región e infraestructura: 52 proyectos de centrales hidroeléctricas, 53 lotes petroleros, 24,818 derechos mineros, 4,486 km. de proyectos de carretera, 483,581 has de tierras destinadas a nuevas plantaciones de biocombustibles. El escritor Roger Rumrill nos alerta diciendo que el 68% de la extensión de bosques amazónicos “ya está lotizada” y 4 millones de hectáreas., están “en proceso de venta” para la producción de biocombustible. 

Desde la perspectiva antropocéntrica, “tierra” y “territorio” son sinónimos y constituyen un recurso económico, y como tal deben generar alguna utilidad para la sociedad, en cuanto se la dedique a la agricultura, la ganadería o para cualquier otra actividad humana que de provecho, de lo contrario será considerada como “eriaza”, inútil. Desde esa perspectiva, el territorio o mejor dicho la “tierra”, tiene un potencial económico, y no es vista como parte integral del cosmos, y que éste (territorio), pertenece por milenios a los pobladores aborígenes, y que estos no pueden ser separados de sus antepasados y de las relaciones que ellos tienen entre sí y con el territorio. Pero la economía del mundo globalizado a través  de sus diferentes agentes, comenzaron a introducir el concepto de “propiedad privada” en oposición a la propiedad comunal; el individualismo en oposición a la solidaridad; el interés y el lucro en contra de la reciprocidad; el monocultivo en contra de la diversidad y multicultivo.

Pero para los pueblos amazónicos, el territorio está conformado no sólo por las chacras de cultivo, o zonas de caza y pesca, sino por el conjunto de bosque, cochas, ríos y lagunas que es un espacio mínimo donde desarrolla sus actividades cotidianas económicas, sociales y espirituales, y fundamental mente donde descansan sus ancestros, donde están sus raíces.
“Territorio para el pueblo indígena lo llamamos como madre territorio porque de ahí vivimos los indígenas; es toda la geografía que habitamos, de ahí sacamos la tierra, el alimento de cada día, sacamos también todo lo que es madera para la construcción de casas, todo lo que es para el uso local de la población de la tierra donde trabajamos. […] bueno, la tierra es la madre para el movimiento indígena, es lo que nos hace vivir con una vida sana, la selva no tiene contaminación, no vivimos, no usamos un río contaminado, aire, es la esencia del mundo indígena, la base de su resistencia”. (Durand, A. 2011, 5).
Para los pueblos originarios amazónicos, el concepto de “propiedad” sobre las tierras, que maneja el mundo occidental, les es extraño, pues para ellos el territorio es hasta donde podían cazar, pescar, cultivar, sin crear conflicto con otra comunidad. La “propiedad” de la tierra o el territorio no tiene el sentido de la propiedad individual o familiar, piensan que el territorio es libre, sin límites, no es propiedad de nadie, porque nadie tiene el derecho de apropiarse de lo que es de todos.

En la cosmovisión de los pueblos originarios, el territorio tiene una enorme importancia, pues para ellos el territorio es el punto de partida que permite la existencia de sus pueblos con culturas e identidad propia. Son conscientes que si no tienen territorio, no tienen vida, y están  sentenciados a desaparecer. Este sentimiento, más que una definición conceptual es contradictoria al planteamiento de la cosmovisión antropocéntrica, que plantea que la tierra es de uno cuando se tiene un título de propiedad inscrita en los registros públicos; que la tierra es una mercancía y es algo negociable Para ellos el dueño del territorio es la “madre de la tierra”; el territorio es sagrado, pues es en el habitan los espíritus. Ellos no conciben el concepto tierra, sino el de territorio, porque este implica en la cosmovisión amazónica la integralidad con la naturaleza que es un bien colectivo que es parte consustancial con ella, de la cual el territorio es uno de los elementos primordiales.

“Los indígenas y la naturaleza en nuestros territorios somos uno solo, una sola cosa, y así los Asháninkas exigimos no sólo la tierra para nosotros, sino para los monos, las huanganas, los añujes. Ellos también tienen derecho a vivir” (Juaneco, Dirigente Asháninka, Perú)
“La tierra es nuestra madre que da luz, que genera la vida; ella misma es la vida y por eso la amamos, respetamos y protegemos comunitariamente. Siendo vida, es sagrada, y destruirla es destruirnos a nosotros mismos. Por eso convivimos y dialogamos con ella, como expresión de los continuos beneficios que de ella recibimos. Por eso la tierra es la base esencial de toda nación indígena. El indígena lo es en cuanto posee la tierra, porque en ella se desarrolla su personalidad individual y colectiva… El indígena, al perder su tierra, pierde sus costumbres, idioma, ritos, organización comunitaria y social.” Segunda Consulta Ecuménica: Los Pueblos Indígenas de América, Conclusiones 1.1 (Mayor, P. & Bodmer, R. 2009, 49).
El problema del territorio, adquiere una enorme importancia para los pueblos amazónicos, ante el acecho de políticas de Estado para favorecer a terceras personas con concesiones mineras, forestales, turísticas y madereras. Para los pueblos originarios, las fronteras no existen, la única frontera que reconocen, es aquella que marca el límite de lo desconocido, del más allá, en su concepción del espacio el territorio es un continuo, pero respetando los territorios de caza de cada grupo, que nunca se superponen unos a otros, y mantienen una disciplina entre ellos.

El hombre amazónico concibe a la realidad como un todo integrado por la naturaleza, la sociedad, la cultura, la economía. No conciben separaciones dicotómicas de tipo ontológico o gnoseológico como el pensamiento occidental.

Los principios fundamentales que regulan su pensamiento sobre la naturaleza son: Totalidad, Unidad, Diversidad, Movimiento e Integralidad. Principios que incluyen a la sociedad.

Es bueno tener presente, que el mundo para los amazónicos está centrado en el territorio y el bosque con sus elementos constituyentes como son los ríos, lagunas, cochas, caídas de agua, animales y plantas constituyen un todo , y que cada uno de esos elementos están protegidos por un “espíritu” o “madre”. Más aún si tenemos en cuenta que para ellos, el espacio no tiene límites y no es propiedad de nadie, y los elementos que están en ese espacio están protegidos por los espíritus que los cuidan que no sean explotados desmesuradamente. Para ellos es incomprensible, la destrucción de la naturaleza, por parte de los intereses privados, avalado  por la política del Estado peruano.

                                               Iquitos, 20 de Octubre del 2015
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