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sábado, 18 de marzo de 2023
jueves, 19 de enero de 2023
El otro Mariátegui
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| 1922, En el prado de Villa Pescatore, Frascatti, Roma. Anita Chiappe, Artemio Ocaña y José Carlos Mariátegui |
Todavía
hoy [1987] no deja de admirar la personalidad polifacética de José Carlos
Mariátegui, quien además de meditar acerca de nuestra sociedad conflictiva ‒en
campos tan diversos como la política, el arte, la economía y la literatura‒
llevó a la praxis la organización del proletariado peruano en una confederación
y lo dotó de un partido clasista acorde con la realidad concreta de su tiempo.
La obra integral de Mariátegui está siendo entendida mejor día a día ‒pese a
los mariateguistas epidérmicos‒ y a ello ha contribuido la publicación de su Correspondencia,
reunida y anotada por el profesor Antonio Melis.
1. La compilación de la Correspondencia de José
Carlos Mariátegui ha sido el fruto de largos años de trabajo colectivo y contó
con la colaboración desinteresada de numerosos estudiosos y artistas de
diferentes países. Esta obra abre nuevos espacios para completar el itinerario vital
e intelectual de un protagonista de nuestra historia contemporánea y del
marxismo latinoamericano. Hojeando los dos tomos publicados por la Biblioteca
Amauta (Lima, 1984), se confirma la línea ética que Mariátegui mantuvo toda su
vida. Así podemos acceder a la esfera personal, íntima, en las cartas que
dirige a las dos mujeres que amó en diferentes etapas de su vida. Cuando se recuperaba
de la primera crisis grave de su enfermedad le escribe a Victoria Ferrer,
compañera de su juventud con quien tuvo una hija: “He recibido tu carta del 11
del presente [agosto de 1924] que me informa de la enfermedad de Gloria. Mucho
lo lamento y más todavía el no poder atenderla mejor. No estoy bien aún. Mi convalecencia
es lenta y los gastos que mi enfermedad me ha causado y sigue causando son
innumerables y cuantiosos. Te remito tres libras para lo que requiera el
cuidado de Gloria. Si te parece, si crees que Gloria se acostumbraría sin
dificultad, puedes mandármela. El clima de Miraflores le haría bien y aquí
vería a un especialista. Creo que debes darle Emulsión Scott o Iricalcina”. Mariátegui
no descuida a su hija mayor y le ofrece su casa para compartir el techo
paterno.
En otra carta a su esposa Anita Chiappe, escrita en
italiano el 6 de julio de 1925 y durante una convalecencia en Chosica, trasluce
todo su gran amor de esposo y padre: “Anita mía, pasé el domingo en buena
compañía, pero debido a que tú no estabas, debido a que no estaban los niños me
ha parecido estar un poco solo. Posada me entregó tu carta. Julio me dijo que
estabas bien. Espero este jueves, que me parece un poco lejano, aunque es tan
cercano. Para no sentirme demasiado solo hasta el jueves te escribo estas
líneas. Así me parece estar un poco contigo. Me parece que conversamos, que
estoy cerca de ti y que tú también por lo menos en el pensamiento estás cerca
de mí… No faltes, no me faltes el jueves. Es la fiesta de Sigfrido; [su segundo
hijo] es también una fiesta nuestra. Cuanto más ellos crecen, cuanto más ellos
florecen, tanto más advierto que los días del nacimiento de Sandro y Sigfrido han
sido dos días de fiesta en mi vida”.
2. Ni la enfermedad ni las dificultades económicas
mellan su propósito de articular un movimiento ideológico y estético que
respondiera a los requerimientos de las clases trabajadoras y la realidad
nacional. Sin hacer concesiones a su filiación y fe revolucionarias y sin
maniqueísmos ideológicos, siempre atento a la realidad contradictoria, Mariátegui
escribe en diferentes publicaciones sobre tópicos diversos del Perú y el mundo.
Su prestigio intelectual entre los obreros y la clase media peruana va creciendo
por la claridad de sus ideas y por su honestidad a prueba de halagos y balas. Mariátegui
entiende que necesita independencia intelectual y funda, en colaboración con su
hermano Julio César, la Editorial Minerva primero, y en 1926 la histórica
revista Amauta. Para buscar colaboradores, agentes de venta y
suscriptores, establece una vasta correspondencia epistolar con artistas y
escritores de la talla de Miguel de Unamuno, Henri Barbusse, Emilio Pettoruti,
Alfredo Palacios, Juana de Ibarbourou, Waldo Frank, Luis Cardoza y Aragón, José
Vasconcelos, Oliverio Girondo, Joaquín García Monge y Juan Marinello. A nivel
nacional hace lo mismo con Antenor Orrego, Dora Mayer, Luis E. Valcárcel, José
María Eguren, Ángela Ramos, Enrique López Albújar, Magda Portal, José Uriel
García, Alberto Hidalgo y Luis Alberto Sánchez, entre otros. Pero Mariátegui no
descuida la comunicación con obreros y profesionales de Lima y provincias. Es
que apunta más lejos: concretar una organización sindical y una vanguardia
política de los trabajadores.
1925 es un año fructífero en cuanto a la producción
intelectual del Amauta del marxismo latinoamericano. Al publicar La escena
contemporánea recibe la respuesta favorable de sus lectores. Por ejemplo,
Barbusse le escribe en francés el 13 de mayo de 1926: “…he tenido la alegría de
penetrar en algunas de sus páginas, y de descubrir en ellas una hermosa efusión
fraterna que me honra y conmueve. Más que nunca tratamos de juntar las fuerzas
intelectuales internacionales. Y buscamos la fórmula amplia y humana que nos
permitirá apoyarnos todos mutuamente y de suscitar entre los trabajadores del
espíritu defensores de las grandes ideas sanas, del porvenir. Yo me pondré sin
dudas en comunicación con Ud. algún día para eso, puesto que pienso que
representa en su país a los elementos valientes y lúcidos que es preciso llegar
a unificar en un bloque”.
Después de cimentar la revista Amauta y pese a
su clausura temporal en 1927, Mariátegui trabaja también en la constitución de
la Central de Trabajadores del Perú. Esta edición no incluye cartas de
este hecho histórico y debido al carácter clandestino del partido que fundara
en 1928, tampoco se conoce gran parte de esa correspondencia. No obstante, la publicación
ese mismo año de los 7 ensayos, el libro cimero de Mariátegui tiene
repercusiones en el ámbito latinoamericano y las cartas al respecto son
numerosas. Paralelamente, el pensador peruano se distancia de la posición
oportunista y caudillista encabezada por Haya de la Torre. El deslinde se
plasma en el editorial “Aniversario y balance”, publicado en Amauta (No.
17, septiembre de 1928) de vigencia actualísima y que los mariateguistas
epidérmicos deberían leer detenidamente. En la carta a Carlos Arbulú, fechada
en Lima el 29 de septiembre de 1928, dice: “El editorial se refiere, por una
parte, al vanguardismo genérico e indefinido de los oportunistas habituales y,
por otra parte, a cierta desviación que ha intentado propagarse en nuestras
propias filas, a propósito del Apra. Yo he tenido con Haya primero y con el
grupo de México después un largo debate, en el cual he sostenido con abundantes
y claras razones que el Apra, como su mismo título lo dice, no debía ser un
partido sino una alianza y he desaprobado posteriormente la propaganda con la
cual se pretendía presentar la candidatura de Haya”.
La Correspondencia de José Carlos Mariátegui en
conjunto ilumina aspectos desconocidos de su trayectoria y las cartas son un
testimonio fiel e irrefutable de la limpidez de una vida dedicada a la
revolución.
(Los corchetes precisan fechas contextuales)
(Publicado en el semanario Cambio, Lima, septiembre 9,
1987)
lunes, 10 de octubre de 2022
BORGES EL TRANSTEXTUAL
![]() |
Jorge Luis Borges. Apunte a lápiz de David Pugliese |
1. Jorge Luis Borges y Juan Rulfo sientan la bases del cuento
latinoamericano contemporáneo, así como en el siglo XIX Ricardo Palma lo renovó
con sus Tradiciones peruanas. Aunque de registros distintos, Borges y
Rulfo comparten la concisión estilística y la elocuencia poética. Mientras
Borges usa una adjetivación precisa, Rulfo incorpora magistralmente el habla
popular del campo mexicano. El fabulador argentino logra amalgamar formas
narrativas con el ensayo y esa fusión híbrida le sirve de médium para exponer
no solo su particular concepción del cuento, sino también para erigir un
sistema transtextual ‒o intertextual‒ que dialoga con sus ficciones. Jaime
Alazraki ‒en La prosa narrativa de Jorge Luis Borges, 1998‒ destaca el
aporte de su compatriota a la teoría intertextual y en particular a la de
Gerard Genette. En su libro Palimpsestos: la literatura en segundo grado
(1989), Genette cita profusamente a Borges y dedica el capítulo LII al recurso
borgeano del pseudo resumen o resumen ficticio. Borges, además de teorizar
sobre el género mismo en/y con sus cuentos, niega la originalidad autoral en la
literatura. (Esto parece contradictorio y debe reconsiderarse el elitismo atribuido
a todos los aspectos del trabajo literario de Borges). Es decir, la producción
literaria sería un reciclaje de temas y personajes. Ello nos remite al
procedimiento del imitatio creado por los griegos, recuperado durante el
renacimiento italiano y perfeccionado por los escritores españoles del Siglo de
Oro. La conexión griega nos lleva al origen de la producción literaria
occidental y al problema de la autoría del texto literario. Sin duda, la
oralidad de las obras primigenias marcó el estatuto de la composición literaria
colectiva. Borges, el lúdico, juega con
esta premisa en “El inmortal”. En la trama del cuento subyace lo que llamaremos
interautorialidad, o sea, la existencia de varios autores ficticios en
un mismo texto. Este recurso no es nuevo y fue inventado por Cervantes en Don
Quijote de la Mancha. Aquí nos proponemos desmontar el entramado del
cuento, mostrando los juegos transtextuales ‒o intertextuales‒ que lo
sostienen.
file:///C:/Users/beans/Downloads/jorge_luis_borges_el_inmortal.pdf
2. Genette define la transtextualidad como “todo lo que pone el texto en
relación, manifiesta o secreta, con otros textos”. Dicho concepto resume,
incorpora y amplia las denominaciones previas, formuladas por él y otros
teóricos literarios. Julia Kristeva enunció originalmente el concepto de
intertextualidad y le confiere un sentido más amplio que Genette. Y es Michael
Riffaterre quien equipara su definición de intertextualidad con la
transtextualidad del narratólogo francés. Genette identifica cinco tipos de
relaciones transtextuales en un orden “creciente de abstracción, de implicitación
y de globalidad: intertextualidad, paratextualidad, metatextualidad,
hipertextualidad y architextualidad”. Esta división solo responde a razones
metodológicas, porque en obras como “El inmortal” las cinco variantes pueden
yuxtaponerse y entrelazarse, formando una constelación de combinaciones. La
intertextualidad para Genette significa “la presencia efectiva” entre textos y
se da por medio de la cita, el plagio o la alusión. Dos fuentes sustentan el
reciclaje intertextual en el cuento. Una externa: incluyendo al filósofo
Francis Bacon, Heródoto, Homero, Vico, Sábato, Virgilio y Heráclito, entre
otros; y otra interna: cuando el autor implícito Borges juega con los lectores
citándose a sí mismo. El intertexto de Bacon que abre “El inmortal” es a la vez
un paratexto (epígrafe):
Salomón dijo: no hay nada nuevo sobre la faz de la tierra. Entonces, así como Platón se imaginó que todo el conocimiento no era sino recuerdo, Salomón sentenció que toda novedad no es sino olvido. (144)
Al usar el paratexto Borges también está teorizando y la cita se
convierte en un metatexto. Además, pone en práctica la idea de que no hay nada
nuevo en la producción literaria, o sea, todo discurso olvidado conlleva un
texto reciclado que podría pasar como original. Esta noción es, a la vez, el
tema central del cuento. Marco Flaminio Rufo/Homero/Joseph Cartaphilus
representan un solo narrador. Los tres aparecen como autores ficticios ‒en el
presente, el pasado y el futuro‒ de un texto que se perpetúa en hipertextos
inagotables (esta cadena de textos es otro elemento lúdico de las ficciones
borgeanas). Entonces, el título se refiere tanto a la permanencia del cuento
como a la inmortalidad de los autores ficticios, que se proyectan en el autor-traductor
(o autor virtual) y en el autor real Jorge Luis Borges. El narrador nos cuenta:
El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos… Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. (157-158)
El fatalismo de lo eterno llega a nosotros por intermedio del cuento: la
última versión de la Odisea ha sido probablemente compuesta por Borges,
el alter ego argentino de Homero. En este sentido, Alain Sicard relaciona
la ceguera de ambos con la disolución de la identidad, que causa la multiplicación
de autores y narradores. La inseguridad acerca del autor nos remite a la
paradoja fantástica borgeana de la intertextualidad interna (o
intratextualidad). Al principio del capítulo V, el narrador compendia sus
andanzas que abarcan un milenio: de 1066 a 1922, año de la revisión de su manuscrito.
Pero en el tercer párrafo, Cartaphilus revela que ha mezclado las historias de
Homero y Flaminio Rufo y hace un resumen ficticio de todo el cuento (Genette
dice). La cita y la paráfrasis del texto mismo es una paradoja intertextual y
pone en duda la existencia del autor Homero:
… es raro que este copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos esplendidos. (162)
He aquí la paradoja interautorial. No sabemos si hay un solo autor, o
varios, reflejados en espejos de diferentes épocas (los famosos espejos borgeanos).
El autor es un ente colectivo y, por esa razón, ficticio. Es decir, la
presencia de un autor colectivo caracteriza el concepto de interautorialidad
antes mencionado: Borges dinamita la falacia del autor prístino y original.
3. Los paratextos mencionados, el título del cuento y el epígrafe de
Bacon, guardan coherencia con el prefacio y la posdata escritos por un autor
virtual. El prefacio puede ser considerado alógrafo y narra cómo el autor
virtual tiene acceso a un manuscrito compuesto por Joseph Cartaphilus (como
descubriremos luego al leer la posdata). El prefacio además establece una
característica de la transtextualidad: “El original está redactado en inglés y
abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal” (145). Es decir, la
versión española reproduce la transcripción hecha por Cartaphilus de
acontecimientos que él ha vivido como Homero y Marco Flaminio Rufo. Estas
“palabras de otros” niegan la originalidad de la producción literaria. En la
posdata se parafrasea a un tal Nahum Cordovero, quien denuncia interpolaciones ‒léase
intertextos‒ y hurtos de otros textos y por esas razones lo considera un
manuscrito apócrifo. La intromisión del autor implícito Borges precisa:
A mi entender, la conclusión (de Cordovero) es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras desplazadas, palabras mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos. (163)
La estructura circular del cuento borgeano se completa: el epígrafe de
Bacon y la posdata de Borges ‒ambos paratextos‒ abren y cierran el círculo. Citándose
a sí mismo Borges pone las bases para erigir las teorías de la intertextualidad.
Y es de una manera lúdica que inserta en sus ficciones los metatextos que
ayudarán a entender su sistema de producción literaria y su concepto de la
literatura fantástica. En el capítulo III, el narrador es seguido por un
troglodita, al que adopta y llama Argos, en honor al perro de Ulises. Por años
trata de enseñarle su nombre, hasta que un día el troglodita balbucea: “Argos,
perro de Ulises”. Esto motiva al narrador esta digresión: “Fácilmente aceptamos
la realidad, acaso porque intuimos que nada es real”. Luego descubrirá que el
troglodita es Homero, convertido en inmortal al beber en el río de la eternidad.
Con él ‒su doble‒ seguirá el periplo hasta despedirse en la puertas de Tánger,
pero el narrador duda acerca de la separación: “creo que no nos dijimos adiós”
(159). La incertidumbre ha sido plantada en el lector. La verosimilitud del
relato se confunde con la existencia simultanea de dos narradores y, si
incluimos a Marco Flaminio Rufo, vienen a ser tres. Otra vez estamos frente a
los espejos de Borges. En este caso son dos espejos paralelos: en uno
Cartaphilus recibe la reflexión de Homero y en el otro de Rufo. Luego de
recuperar su mortalidad, Cartaphilus decide revisar el manuscrito en 1922 ‒aquí
un guiño al año de la publicación del Ulises de Joyce‒ y refiriéndose a
su manuscrito afirma:
Me consta que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria… Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.
La historia que he narrado parece irreal porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. (160-161)
El metatexto citado aclara y precisa el estatuto de lo fantástico
borgeano: la verosimilitud puede, o no, tener correspondencias con la verdad
real, aunque lo importante es su recuperación por medio de la memoria. Además, en
los sucesos narrados se funde y confunden acciones de los tres autores ficticios:
Homero, Rufo y Cartaphilus. Esta trinidad autoral ‒o interautorialidad‒ se
encarna ‒representa‒ en un solo narrador, que recibirá la aprobación del autor
virtual/real en la posdata acrónica de 1950 que cierra el cuento. (Notemos que “El
inmortal” fue publicado en 1949 en El Aleph y Borges fecha la posdata en
1950).
4. El cuento como architexto despliega un género híbrido, al igual que una
diversidad de modos de enunciación y discursos culturales. La hibridez del
cuento acoge formas narrativas y del ensayo. Borges diseña la estructura del
cuento parodiando la novela: incluye un prefacio, cinco capítulos señalados
con números romanos y una posdata. Del ensayo incorpora dos notas a pie de
página. El escritor argentino renueva el género con sus ficciones al alternar una
voz narrativa ‒muchas imprecisa‒ con digresiones teóricas sobre temas literarios,
filosóficos, religiosos y artísticos. Beatriz Sarlo ha señalado:
(Borges) escritor-crítico, cuentista filósofo, oblicuamente discute tópicos capitales de la teoría literaria contemporánea. Eso lo convierte en un autor de culto para la crítica, que descubre en él las figuras platónicas de sus preocupaciones: la teoría de la intertextualidad, los límites de la ilusión referencial, la relación entre conocimiento y lenguaje, los dilemas de la representación y de la narración. La máquina literaria borgeana ficcionaliza estas cuestiones, y produce una puesta en forma de problemas teóricos y filosóficos, sin que en los movimientos del relato se pierdan jamás del todo el brillo de la distancia irónica o la prudencia antiautoritaria del agnosticismo. (5)
(file:///C:/Users/beans/Downloads/sarlo-beatriz-borges-un-escritor-en-las-orillas.pdf)
En este sentido, el capítulo IV de “El inmortal” es una reflexión sobre la
aceptación de la muerte y las posibles consecuencias de la inmortalidad en el
género humano. Todas las experiencias vividas y el conocimiento eterno
acumulado han convertido a los inmortales en bestias. Parece que viven en un
mundo etéreo, donde las sensaciones físicas casi no existen o han sido olvidadas.
Si se les pudiese adscribir una doctrina a estos trogloditas sería la estoica: “El
cuerpo era un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de
unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie
quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a
él nos entregábamos.” (158) Por otro lado, la doctrina fatalista de la
compensación mueve la conducta de los inmortales y los conduce, en el siglo X,
a buscar el río paralelo de la mortalidad.
6. La densidad temática de “El inmortal” formula distintos discursos
culturales. Aquí solo voy a referirme a dos. El primero tiene conexión con la
idea de un texto universal, absoluto e imperecedero, reescrito a lo largo de siglos
como el manuscrito de Cartaphilus. La alusión directa a un libro de libros
‒compuesto colectivamente como el Tanaj hebreo, la Biblia cristiana o el Corán islámico‒
no deja dudas que el centón (Cordovero dice) aspira a convertirse en el
libro de “La Biblioteca de Babel”. Eduardo Sabrovsky señala que Borges sugiere
la idea de escribir un “Libro absoluto…en el que se hallan prefiguradas todas
sus lecturas e interpretaciones posibles y que, por ende, se comenta a sí
mismo”. Si bien “El inmortal” no es un libro, puede ser considerado un texto
total debido a la transtextualidad que lo caracteriza.
(file:///C:/Users/beans/Downloads/sabrovsky.pdf,
nota 20, p.16)
El segundo discurso cultural tiene relación con lo fantástico borgeano
y, en particular, con la percepción de la realidad presentada en las ficciones
del fabulador argentino. En “Searching for Cyberspace: Joyce, Borges and Pynchon”,
Davin O’Dwyer ha estudiado la afinidad de la física quántica con el discurso
narrativo de Borges y aquí parafraseo sus ideas. Neils Bohr demostró que los
electrones rebotaban alrededor de las órbitas del núcleo sin la mediación del
tiempo: el famoso salto cualitativo. O sea, era imposible ubicarlos con
precisión, ni medir simultáneamente el espacio y el tiempo de sus movimientos. Solo
era probable ubicarlos en un lugar indeterminado, entre la realidad física y la
posibilidad. Y este es el espacio de los relatos de Borges. En “El inmortal” el
tiempo ha sido abolido y no existe la linealidad temporal pasado-presente-futuro.
En 1930, Bohr y sus colegas presentaron “La interpretación de la mecánica
quántica de Copenhague”, precisando que las partículas subatómicas solamente
existen ‒o tienden a existir‒ cuando son observadas. En este sentido, la realidad
de los electrones no puede ser descrita, solo la percepción que se tiene de
ellas. Si ello se relaciona con la idea de George Berkeley, que la realidad
material no existe independientemente de nuestra conciencia, tenemos otro
principio de lo fantástico borgeano. Lo importante para Borges es la percepción
de una realidad alterna, de un microcosmo particular relacionado lo onírico,
los laberintos y la memoria. El narrador inicial del cuento analizado se pierde
en una pesadilla en el desierto y cuando despierta permanece en la ciudad de
los inmortales por más de diez siglos, o así lo percibe.
Para terminar, la física quántica postula la interrelación de los fenómenos
en el mundo subatómico, de tal manera que nada sucede sin afectar a todas las
partículas. Y Borges ha creado en su obra un universo ficcional lúdico y
circular donde la transtextualidad interconecta todos sus textos en un espacio
ideal, pero finito.
file:///C:/Users/beans/Downloads/Paper-O%E2%80%99Dwyer-Searching-for-Cyberspace(1).pdf
(“El inmortal” es de Nueva antología personal (Bruguera, 1980) y todas las traducciones del ingles son mías).
martes, 4 de octubre de 2022
Entrevista realizada por Gustavo Flores Quelopana
Entrevista en el portal librosperuanos.com que dirige Virginia Vilchez Samanez. acerca de la última publicación: Caita yuyachihuay hamutachihuay: Huellas de la reflexión originaria. (Edición de autor). Se expone sobre los tópicos del saber originario producido, que se evidencian en documentos coloniales y estudios multidisciplinarios.
lunes, 26 de septiembre de 2022
¿Es posible separar la obra de su autor? Gisèle Sapiro, sobre la cultura de la cancelación
Por Horacio Bernades
Tomado del diario Página 12, lunes 26 de septiembre de 2022.
https://www.pagina12.com.ar/484924-gisele-sapiro-sobre-la-cultura-de-la-cancelacion
¿La conducta privada o el pensamiento de un autor debe incidir en la apreciación de su producción artística? La socióloga y filósofa francesa aborda un interrogante que lleva mucho tiempo, pero que las redes sociales volvieron más actual que nunca.
Lecturas ofendidas, llamados a boicots,
febriles debates públicos, bruscas cancelaciones: ¿qué hacer con el autor (de
libros, de cine, de música) que dice o hace algo que consideramos va más allá
de nuestro nivel de tolerancia? Esto dicho tanto en términos personales,
grupales (las redes) o colectivos (la sociedad en su conjunto). ¿Da lo mismo la
opinión que el hecho aberrante, el delito penado por la ley incluso? ¿La
conducta privada de un autor debe incidir en la apreciación de su obra? ¿El
comentario misógino, o racista, o antidemocrático, o en perjuicio de grupos
desfavorecidos, hecho en círculos reducidos, tiene el mismo peso que su
difusión masiva? ¿Qué debe primar en estos casos, la defensa de principios
comunitarios e incluso etarios o la libertad de expresión? ¿La sociedad debe
protegerse, o hay que preservar el derecho a opinar antes que nada?
Alrededor de estas cuestiones gira ¿Se puede separar la obra del
autor?, el libro de la filósofa y socióloga francesa Gisèle Sapiro, editado
por Capital Intelectual. En el libro Sapiro toma algunos casos notorios --el de
Roman Polanski, su condena por pedofilia y la relación con su obra, el
antisemitismo en Richard Wagner y Louis Ferdinand Céline, el nazismo en
Heidegger, las provocaciones islamofóbicas de Michel Houllebecq, entre ellos--
para abordar el tema, del que opina, como deja claro en la entrevista que
sigue, que lo primero que debe hacerse es poner la obra en contexto,
eventualmente publicarla con advertencias preliminares o fajas sobre su
contenido. “Es mejor explicar la violencia simbólica que transmiten ciertos
clásicos que borrarlos”, sostiene. “Pero no estoy a favor de volver a publicar
todo”.
--¿Qué
piensa de la cultura de la cancelación?
--Es un concepto que aglutina cosas muy
diferentes: el boicot a determinados creadores o artistas por actos reprobables
que han cometido, como Polanski, o por sus posiciones ideológicas racistas o
sexistas, y la negativa a leer y estudiar ciertas obras de autores
cuestionables. El boicot es un derecho. En cambio, si lleva al despido de la
persona sin examinar los hechos, esto puede dar lugar a injusticias o sanciones
desproporcionadas, como es el caso de Estados Unidos. Al mismo tiempo, sabemos
que la mayoría de las denuncias por agresión sexual o violación no prosperan,
por buenas y malas razones (la buena es la falta de pruebas suficientes, la
mala es la falta de credibilidad dada a la palabra de los denunciantes), por lo
que quizás estos casos de injusticia sean un prerrequisito para cambiar
comportamientos que tienden a cosificar el cuerpo de la mujer, o para que el
racismo y el sexismo dejen de tener cabida en el espacio público. En cuanto a
la lectura y el estudio de ciertas obras del pasado que pueden resultar
ofensivas o chocantes, creo, como expongo en el libro, que es mejor explicar la
violencia simbólica que transmiten ciertos clásicos que borrarlos, lo que
equivale también a borrar las huellas de esta violencia simbólica, que debemos
ser capaces de estudiar. Pero no estoy a favor de volver a publicar todo.
--¿Cuál
sería la actitud a adoptar con quienes en su vida privada cometen delitos
graves, como la violación o la pedofilia, pero en cuyas producciones artísticas
no pueden detectarse rastros de ello? Pienso en los casos de Roman Polanski o
--aunque no se ha probado que abusara de su hija-- de Woody Allen.
--Creo que lo más importante es el debate para
evitar que se repitan hechos de delincuencia infantil y concienciar, sobre todo
en los círculos profesionales más expuestos, como el cine y la moda. El boicot
o las sanciones tienen principalmente un efecto disuasorio sobre los creadores
actuales, y ese es su punto fuerte. Personalmente, no estoy a favor de la
desprogramación de las películas de Polanski, que han contado en la historia
del cine y que no glorifican el pedocrimen, pero creo que la movilización
feminista es importante porque utiliza la notoriedad de Polanski para promover
la causa de las mujeres y ése es un juego limpio. Y podemos entender que esto
lleve a muchos espectadores a alejarse de su obra.
--Richard
Wagner era un antisemita declarado. Pero al tratarse de un músico, es natural
que en su obra no aparezcan huellas de ello. Sin embargo, su revisión de
ciertas mitologías germánicas es vinculable con la cultura nacionalista de su
país, völkish en
alemán. ¿Qué hacemos, dejar de escuchar a Wagner?
--En primer lugar, cabe recordar que Wagner
estuvo prohibido durante mucho tiempo en Israel, a causa de su
instrumentalización por parte del nazismo y su antisemitismo. Además, el gran
especialista en Wagner, el musicólogo Jean-Jacques Nattiez, demostró en un
libro que en adelante debería ser de referencia, que no sólo el antisemitismo
estaba presente en ciertas óperas de Wagner, a través de figuras caricaturescas
de judíos como Beckmesser en Die Meistersinger von Nürnberg , como ya había señalado
Adorno, sino que también es perceptible en la Tetralogía, a través de ciertos
temas musicales. Es difícil ignorar la música de Wagner, nos guste o no. Pero
las condiciones de su producción, y en particular el antisemitismo, deben
recordarse constantemente. Esto aboga más ampliamente por una historia de las
obras que tenga en cuenta las condiciones externas y no se centre únicamente en
el análisis interno.
--Los
mismos reparos podrían plantearse con respecto a T. S. Eliot, que en lo
personal era confesamente antisemita, pero eso no aparece en su obra. O
Heidegger. ¿Que en los Cuadernos
Negros se muestre partidario del nazismo y desarrolle tesis
antisemitas anula el valor de Ser y Tiempo?
--Una vez más, abogo por una historia
literaria, artística, musical o intelectual que tenga en cuenta las cuestiones
políticas e ideológicas de la producción de obras. Para comprender y juzgar
estas obras, es necesario poder ubicarlas en sus condiciones de producción y
recepción. No para absolverlas, sino para analizar cómo reprodujeron,
difundieron o iniciaron formas de violencia simbólica. O en su caso, cómo estas
obras se relacionan con las posiciones ideológicas de sus autores. En el caso
de Heidegger, como en el de Wagner, hace falta un análisis minucioso por parte
de especialistas para mostrar el funcionamiento de la violencia simbólica, que
en mi opinión es la lección más importante que se extrae de estos análisis.
--El nacimiento de una nación, de poco
menos que el "inventor" del cine, D. W. Griffith, muestra
positivamente al Ku-Klux-Klan. Los negros y las mujeres son ridiculizados en la
obra de Buster Keaton. En algunas de sus novelas, Graham Greene habla con
desdén de ciertas etnias nativas. Todo un género, el western, justifica la
matanza de indios y la justicia por mano propia. Muchas letras de rap son
misóginas, machistas, armamentistas, y portan mensajes de odio. ¿Debiera
dejarse el juicio de estas obras a la apreciación de cada espectador en su conjunto,
o instituirse el uso de advertencias específicas, por medio de fajas en el caso
de libros y discos, y de carteles en el caso de las películas?
--Pienso que las advertencias, las
advertencias desencadenantes, aunque sean criticadas por algunos como
infantilizadoras, tienen una virtud: participan en el trabajo de conciencia
colectiva y en el desvelamiento de la violencia simbólica que ejercen estas
obras que socavan grupos de individuos por su origen o sexo. O de su sexualidad
para las personas homosexuales y transgénero, que también son víctimas de lo
que yo llamo discurso estigmatizante más que discurso de odio. Porque algo les
hacen esas obras a estas personas, al legitimar la violencia simbólica y física
a las que son sometidos.
--¿Debe
la ley juzgar a la obra, o es el receptor quien debe hacerlo?
--Ciertamente los receptores. Sólo en el caso
de las películas pedófilas el consumo de películas equivale al propio acto
pedófilo porque generalmente se asocia a prácticas y sirve de índice en la
investigación policial, al menos en Estados Unidos. Además, las leyes de
libertad de prensa asumen que los lectores son capaces de discernir. A los
menores se les restringe el acceso a ciertas producciones culturales, o se las
categoriza por edad. La ley, que juzga todo medio de difusión, escritura,
imagen y canción, tampoco es siempre un criterio necesario y suficiente para
evaluar estos casos. Por un lado, la ley permitía culpar a Flaubert y censurar
a Baudelaire por haber ofendido la moral con obras que hoy se consideran obras
maestras. Por otro lado, cuando Céline escribió sus panfletos antisemitas, no
estaban prohibidos. ¿Eran inofensivos? ¿No ejercieron violencia simbólica
contra los judíos? Una violencia simbólica que contribuyó a legitimar la
deshumanización y la violencia física a la que iban a ser sometidos, hasta la
destrucción de un pueblo. Pero esto tampoco debe sustentar el argumento del
anacronismo: no porque el antisemitismo fuera una ideología difundida y
aceptada en su época dejaba de ejercer violencia simbólica. Por lo que, aun
juzgándolos en su contexto, debemos tomar la medida de esta violencia que
pueden ejercer las producciones culturales, especialmente cuando son obra de
creadores reconocidos.
--Casos
como el del ideólogo nacionalista Charles Maurras parecen más sencillos, ya que
su obra misma representa una apoteosis del racismo, el antisemitismo y la
xenofobia. De todos modos, ¿qué hacemos en este caso, se prohíbe la obra por
contener mensajes de odio dirigidos a colectivos desfavorecidos?
--De hecho, algunos de los escritos de Maurras
están sujetos a la ley que prohíbe el discurso de odio contra grupos debido a
sus orígenes, religión y etnia. Otras partes de los escritos de Maurras no caen
bajo esta prohibición. Ahora hay un volumen que vuelve a publicar ciertos
textos, en nombre de la influencia que ejerció en su tiempo. Pero si leemos el
prefacio o los comentarios de esta edición, vemos que se trata de una empresa
de rehabilitación muy ideológica. Me pronuncio en contra de este tipo de reediciones
porque en el contexto actual de auge de la extrema derecha, tales reediciones
por parte de editoriales establecidas e ideológicamente no identificadas, cuya
motivación es sobre todo comercial, tiene un efecto legitimador de estos
discursos y de sus autores.
--¿Cuándo
debe prohibirse una obra? ¿O nunca debería hacerse, en nombre de la libertad de
expresión?
--La justicia actual en Francia es muy
tolerante y favorable a la libertad de expresión, y aunque la ley republicana
de 1881 es más estricta, no se aplica con rigor, especialmente en materia de
ofensa a la moral. Las restricciones previstas por la ley de 1881 fueron, sin
embargo, endurecidas en 1949 por otra ley de protección de los jóvenes, lo que
puede justificar prohibiciones a veces abusivas de obras calificadas de
obscenas y pornográficas, como las hubo en los años 50 y 60. Desde la década de
1970 ha habido una liberalización en este área y, por lo tanto, menos
procesamientos. Debe recordarse que la difamación y la invasión de la
privacidad también están penadas por la ley, y que muchos casos legales
relacionados con la literatura hoy en día caen bajo estos cargos.
--El
caso de Michel Houllebecq es más complicado, ya que tanto sus declaraciones
como sus textos son siempre ambiguas en relación a la islamofobia y la fobia
antiinmigración.
--Autores provocadores como Houlellebecq
juegan con los límites de la libertad de expresión. En su novela Plataforma, por ejemplo,
Houlellebecq atribuye a los personajes de ficción comentarios racistas o
islamófobos, por lo que en nombre del principio de representación juega también
con la distinción entre autor y narrador, de modo que no podemos atribuir
directamente estos sentimientos, al tiempo que insinúa una cierta complicidad
entre su narrador y él mismo. Sobre todo, no hay contradicción de estos odiosos
comentarios en la historia, que tiende más bien a legitimarlos. No se trata de
prohibir este tipo de producciones, sino una vez más de analizarlas para
revelar la violencia simbólica que transmiten.
--Resaltas
que hay que situar las obras en su contexto histórico, teniendo en cuenta que
en otros tiempos el clima de la época era más permisivo con temas actualmente
considerados nocivos. En el cine negro, por ejemplo, no está mal visto que el
héroe le dé bofetadas a la dama. Gauguin abusó de las niñas tahitianas,
aprovechándose de su condición de hombre blanco, de mayor edad además. ¿Qué
debemos hacer con eso?
--Ya comencé a responder a este argumento de
anacronismo, con el que no estoy de acuerdo. Ciertamente hay una relatividad de
las normas, pero eso no significa que podamos caer en un relativismo moral
respecto a los abusos y violencias que unos individuos cometen contra otros, ni
respecto a los mecanismos de minimización o subalternización de ciertos grupos,
lo que justificaría la violencia contra ellos. En el caso de Gauguin es
necesario, como hizo la National Gallery de Londres, contextualizar las
condiciones de producción de estas obras. Su privilegio como hombre blanco y su
estatus superior en un contexto colonial favorecieron sus relaciones con chicas
muy jóvenes en Tahití. Sin embargo, sus retratos de estas jóvenes sacan a
relucir su subjetividad en el espacio público.
--Otra
diferenciación que usted hace es entre la moral del autor y la de la obra.
¿Puede ampliar al respecto?
--En este libro cuestiono la relación entre la
moralidad de la obra y la moralidad del autor, analizando los presupuestos
culturales que tienden a identificarlas --la obra como espejo de la persona del
autor, o como fruto de su intención--, mostrando que estos presupuestos siempre
encuentran límites, en tanto el autor como la obra son construcciones sociales.
Pero expongo que a pesar de las diferencias que se pueden establecer, en
particular a través de la distinción entre autor y personajes, o entre autor y
narrador, una obra está, no obstante, imbuida de las disposiciones
ético-políticas que subyacen en la visión del mundo del autor, y que esta
visión del mundo puede ser reconstituida por un fino análisis de la obra.
¿Por qué Gisèle Sapiro?
Licenciada en Filosofía y en Literatura Comparada por la Universidad de Tel Aviv y doctora en Sociología por la École de Hautes Études en Sciences Sociales, Gisèle Sapiro trabaja actualmente como directora de estudios de esta última institución y como directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique. Con un enfoque empírico muy similar al de Pierre Bourdieu, cuya obra continúa, la labor académica de Sapiro se ha centrado en dos grandes campos: la sociología de los intelectuales y la sociología de la traducción. Entre las obras que ha publicado en los últimos años son de destacar La responsabilité de l’écrivain. Litterature, droit et morale en France (2011), Les écrivains et la politique en France. De l’Affaire Dreyfus à la guerre d’Algérie (2018) y Des mots qui tuent. La responsabilité de l’intellectuel en temps de crise (1944-1945) (2020). ¿Se puede separar la obra del autor? es el primero de sus libros que se publica en español.
martes, 6 de septiembre de 2022
NOVEDAD EDITORIAL
ste texto incorpora artículos de investigación publicados en revistas, actas de congresos y capítulos de libros que el autor ha actualizado y revisado en vistas de la presente edición.
Desde
su primer texto, publicado en 1994, los estudios y debates sobre nuestra
reflexión originaria, que este texto amplía y presenta, proponen nuevas rutas
para su investigación con base en la integración del estudio de fuentes
coloniales y lo multidisciplinario para comprender nuestros tópicos reflexivos
originarios.
Integra,
además, entrevistas que detallan sus percepciones sobre las huellas de nuestra
reflexión originaria y otras que el autor realizó a Francisco Carrillo sobre
Guaman Poma de Ayala y a Edgar Montiel sobre la influencia del Inca Garcilaso
de la Vega en Europa.
sábado, 2 de julio de 2022
Tensiones entre "razón colonial" y saberes situados originarios
Artículo recientemente publicado que se puede acceder directamente en el siguiente enlace:https://resistances.religacion.com/index.php/about
martes, 28 de junio de 2022
El Arriero: Apuntes monográficos de Morococha
miércoles, 15 de junio de 2022
El expresionismo de Víctor Humareda
![]() |
| Composición por Víctor Hugo Pacheco |
Written by Raúl Soto | junio 6, 2022
Víctor Humareda (Lampa,
1920-Lima, 1986), es uno de los pintores peruanos
más originales y, paradójicamente,
menos valorado por la crítica de mentalidad
poscolonial encargada de establecer el canon pictórico
de mi país (y que lo sigue haciendo). Me refiero a
la crítica emparentada con las galerías limeñas que
dominan el mercado pictórico nacional, ese circuito comercial
que hasta fines del
siglo pasado era
raquítico, si lo comparamos con el mexicano, por ejemplo. Un aspecto de
la originalidad de
Humareda fue crear su
propio mercado alternativo
de clientes particulares desde los años
cincuenta, para así mantener su independencia artística
y económica. Humareda tampoco es conocido a nivel internacional gracias a los curadores que
no han valorado su obra pictórica adecuadamente,
debido a los anteojos de las
vanguardias eurocéntricas (o mejor, nord-céntricas,) que llevan como
atuendo. Solo una vez representó al Perú en el extranjero. Fue en 1983, en la I Bienal de La Habana. Después de
esa fecha, nada. Su
obra tampoco ha sido
incluida en muestras antológicas a
nivel internacional. Por
ejemplo, en el año
2004 se organizó en Córdoba, España, la
exposición “Pintura peruana contemporánea: siglo XX” y de Humareda, nada. Aunque debo mencionar que la
curadora Élida Román
le dedica a
Humareda ocho líneas en
la introducción al
catálogo, repitiendo banalidades como: “… un
pintor que a sus cualidades artísticas sumaba una personalidad singular, lo que
ha contribuido a una
difusión masiva de pintura y figura del autor”. Traducción: la vigencia de la obra de Humareda se debe a
su personalidad singular (marginal).
![]() |
| Fotografía Herman Schwarz |
A pesar de la crítica poscolonizada, Humareda sigue renaciendo desde sus cenizas como lo demuestra la exposición “Víctor Humareda: Dominar el color/Ver la realidad”, organizada el año pasado por el ICPNA. También, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, mi Alma Mater, ha creado la Sala Víctor Humareda en el Centro Cultural de San Marcos.
El texto
que publicamos es parte de la entrevista grabada que
le
hice a Víctor en el lejano
mes de octubre de 1981, en esa Lima
que ya se fue y que Humareda
pintó para las generaciones venideras. Conservo los dos
casetes (mirar Google si es necesario), de una hora cada uno y en la transcripción apenas si
he editado las palabras de Humareda. También,
interpolo algunas
acotaciones para contextualizar la invalorable información proporcionada por
Víctor Humareda acerca de
su vida
y de
su obra. La elocuencia y
conocimiento de Víctor
son evidentes y reflejan el capital cultural adquirido con sus
lecturas y asistencia a eventos culturales, como conciertos de música clásica
y obras de teatro.
DESDE EL COMIENZO…
Empecé a dibujar con lápices de colores a muy
temprana edad y recortaba con tijera papeles de colores. Copié “La escuela de Atenas” de Rafael, en
negro, con un lápiz que pude conseguir en Lampa. Después
hice una copia de un cuadro de una
aguadora con un cántaro y una
copia de “Androcles y el león”. Todo
eso lo encontré en
El tesoro de la juventud que
había en la biblioteca de
la escuela, en Lampa.
Mi madre primero quería que fuera profesor, después se convenció de mandarme a Lima
a estudiar pintura. Yo le decía
que quería ser
pintor y nada, no se convencía, hasta que
me fui por mi propia
cuenta a Arequipa. Me escapé, me
quise ir a Lima.
Mi
madre viajó a Arequipa y
me trajo a Lampa para que
me despida. Tenía 18 años.
A fines del 38 llegué a
Lima y el 39 un señor Sánchez me
llevó a la Escuela de Bellas
Artes y
me matriculó. Sabogal estaba de director, ya Hernández había
muerto. Estuve tres meses nomás, no pude seguir en la escuela. No tenía
plata. El 40 tampoco fui, el 41 volví a ir y de ahí hasta el 47,
seguido. Este tiempo anduve por
todo Lima
en distintas ocupaciones
y dibujaba a la gente en
las
calles, en los restaurantes. Lima
me ha culturizado mucho. Parece
que el
pintor y
el intelectual tienen que
estar en grandes ciudades. A
no ser que tenga tanto conocimiento, como
en
el caso de Gauguin que se fue a Tahití,
a una isla, donde hizo
su obra genial.
(Lampa es
una ciudad pequeña ubicada
en el altiplano
peruano, a más de 3.800 metros de altura. Si Humareda pudo
estudiar es que su familia
tuvo los medios suficientes para procurarle una educación, que por esos años
solo llegaba hasta el
tercero de secundaria en
las provincias. En
esa época y
con ese nivel educativo, Humareda
pudo haber sido maestro rural, en
cambio eligió ser pintor, con todos los riesgos económicos
que conllevaba serlo para un provinciano andino -o serrano, como
despectivamente se dice
en mi país-.
Su madre soltera no
lo pudo mantener y desde el
principio Víctor tuvo que trabajar
para sobrevivir. José Sabogal fue el impulsor -con José
Carlos Mariátegui-
del movimiento indigenista peruano.
En 1945, lo reemplaza Ricardo
Grau -formado en la “Escuela de Paris”-, que impone una enseñanza de neto
corte eurocentrista, dando primacía
al dominio técnico.
Entre estos dos polos transcurre el paso de
Humareda por la Escuela de
Bellas Artes. A Víctor le gustaba afirmar que en la escuela no aprendió nada. En todo caso, la
deficiente formación académica es
compensada con el dibujo ambulante -también
como un medio
de supervivencia- y estudiando las
reproducciones fotomecánicas de los grandes maestros, ya que los
museos limeños eran muy limitados. Es importante señalar la mención de Paul
Gauguin –“el salvaje del Perú”, como gustaba llamarse, y nieto de Flora
Tristán- uno de los referentes esenciales
del trabajo pictórico
de Humareda. Arthur C. Danto
considera que el “modernismo en arte, en todos sus aspectos, debe ser rastreado a Gauguin”).
Buenos
Aires y Urruchúa
En Buenos Aires estudié principalmente en
el taller
de Demetrio Urruchúa,
Carlos Calvo 1770, los días
viernes por la tarde. Urruchúa enseñaba a
ver las cantidades de
color, la composición, la
armonía, muchas cosas que son necesarias. Lo comprobé cuando vi Gauguin en el Museo de Buenos Aires. Ah, Urruchúa hablaba mucho de
las cantidades. Es
una serie
de leyes que
los grandes maestros
han hecho, o sea,
han resuelto las
cantidades de color. También hablaba de la
orquestación de la
superficie. Un cuadro es
una superficie plana… Hay pinturas que
son
de incorporación, donde todo
el
todo el cuadro está
regido por un solo color, que
es una pintura atonal:
variaciones de un solo
color. En cambio, en uno
de contrastes hay
pedazo de diferentes colores: variaciones de color, no de tono, no
de valores, sino de colores.
¡Es muy profundo! Lo más
sorprendente de mi
estadía en Buenos Aires
fue ver
un Gauguin. También vi Gutiérrez Solana, una exposición completa, habría
quince o veinte óleos.
Y tuve la gran
suerte de conocer la colección privada de
Santa Marina, donde estaban los impresionistas.
![]() |
| Evocando a Marilyn Monroe |
(En 1950, Humareda viaja becado por un año a Buenos Aires,
donde asiste
a la Escuela Ernesto de
la
Cárcova. Sin embargo, el encuentro con
Urruchúa será decisivo para su
carrera artística.
El pintor argentino le
resuelve diversas interrogantes que no tuvieron respuesta en la Escuela de
Bellas Artes de Lima. La enseñanza era
impartida a modo
de taller: el
alumno ponía su
cuadro a consideración de todos y
cada uno de
los participantes daba su
opinión. Urruchúa escuchaba
callado y solo al
final intervenía. Buenos Aires
ofrecía productos culturales
casi a la par
de las
capitales europeas
y Humareda tuvo, por primera vez,
la oportunidad de
ver cuadros originales y no simples
reproducciones. Pudo apreciar la textura del
óleo aplicado sobre la tela, las veladuras o empastes, el uso
del color
en la superficie. Todo
el
conocimiento adquirido con Urruchúa se hace tangible. En los museos y galerías bonaerenses ahora podía
dibujar y pintar, copiando del
original y no de
una fotografía. Sin duda, Urruchúa
y el español Gutiérrez
Solana marcarán lo
que vendría a ser el primer periodo del
corpus pictórico de Humareda: el periodo terroso, que
se prolongará hasta finales de los
1960s. Gauguin,
el maestro de los
colores luminosos, será un referente para su segundo periodo).
Sabogal, Vinatea
Reinoso, Sérvulo…
De la pintura peruana me
gustan “Los funerales de Atahualpa” de
Montero. Admiro mucho a Vinatea Reinoso,
su “Procesión del Señor de
los Milagros” y un cuadro del Titicaca con
unas balsas
y unos
cerros. De Sérvulo Gutiérrez
me gusta una
naturaleza muerta y
un retrato de Claudine. Después,
quién. Merino, Laso. Algunos cuadros de
Sabogal. El indigenismo… algunos
decían que tenía influencia de los mejicanos. Pero fue para revalorizar al indio, no superficialmente, no para
verlo como tema folclórico,
sino era un
movimiento pictórico de esa época, de la época
de Sabogal.
(Humareda menciona
tres hitos de la pintura peruana de la primera mitad del siglo XX. José Sabogal, impulsor del
indigenismo pictórica
y maestro de generaciones de artistas en
la
Escuela de Bellas
Artes, como profesor desde
1920 y director de
1932 a 1943. Vinatea Reinoso, excelente dibujante como Humareda y pintor de temas populares de
estilo personal
que muere a los 31 años. Y Sérvulo Gutiérrez: ceramista, escultor y
pintor. Sérvulo era autodidacta y propone con su
primer gran cuadro “Los Andes”
(1943), una salida a la pintura indigenista que para entonces
se había oficializado. Su cuadro resuelve plásticamente el habitante andino sin concebir una
imagen idealizada:
ni hierática ni decorativa.
Más bien opta por la representación alegórica
basada en los volúmenes, sin duda influenciado
por su trabajo como escultor. La mujer inmensa en primer plano
parece remecer Los Andes con
su
desesperación. En los años
siguientes, Sérvulo desarrolla un lenguaje expresionista personal
acorde con su
temperamento extrovertido, explosivo. Trabaja con
los rojos, violetas, verdes y
amarillos. La violencia con que
pinta se manifiesta en
los colores sin mezclar, en
el empaste nutrido y
a veces sus contorsiones cromáticas rozan con
un expresionismo abstracto
muy particular. Sérvulo comparte los
caminos del expresionismo peruano
con Humareda, ambos distanciados del
expresionismo alemán y cada uno a su modo).
La relativa prosperidad económica de principios de los años
50, consecuencia de los altos precios de
los minerales debido a
la guerra en
Corea, crea un mercado para la
pintura que va
creciendo paulatinamente. La burguesía peruana -una
de
las más retrogradas de América Latina-
empieza a invertir en obras artísticas. Humareda sabe de
la limitación del
mercado pictórico
y además no es parte de
la
argolla limeña que domina el incipiente circuito de galerías y crea su propio circuito comercial
para
vender las mercancías que produce. Al mismo tiempo, la modernidad pictórica
llega finalmente a Lima
y muchos artistas adoptan o
copian las variantes del
abstraccionismo europeo y estadounidense. No conforman un
movimiento plástico
homogéneo y
en el campo de la figuración tampoco existe uno.
Y es que, después del indigenismo, la pintura peruana no
ha tenido un movimiento de
similar importancia plástica e ideológica.
![]() |
| Fotografía de Herman Schwarz |
En este contexto, Víctor Humareda se instala en el mítico Hotel Lima del distrito de La Victoria, en el que vivirá hasta noviembre de 1986, fecha de su muerte. Era el año 1954 y el nuevo hotel ocupaba media manzana en la zona de La Parada, a donde llegaban los comerciantes provincianos con sus productos agrícolas para abastecer Lima, que ahora crecía por la migración interna de las provincias. La burguesía limeña todavía se jactaba de su pasado colonial y de haber contado con la mayor cantidad de títulos nobiliarios durante la colonia. También, de una economía feudal dominada por los terratenientes, que termina con la Reforma Agraria finalmente ejecutada por el Gobierno Revolucionario de las Fuerza Armada en 1969. En este contexto, Humareda comienza a pintar el lado marginal de Lima. Escoge los espacios tugurizados del Rímac y Barrios Altos y realiza una serie de cuadros notables del Cerro San Cosme (ya poblado por la primera gran migración provinciana). También, retrata a los personajes de extramuros que pueblan La Parada: mendigos, prostitutas, locos, ropavejeros, viejas decrépitas debido a la miseria. En este primer periodo de Humareda priman las tierras y los ocres y además guarda afinidad temática con la obra de Gutiérrez Solana. Humareda se interesa en estos temas de su hábitat porque él mismo es un desplazado social. No es un limeño -con toda la carga negativa que esto implica- y prefiere vivir en la periferia, no en el centro tugurizado de la ciudad. Aquí debo precisar que este desplazamiento no tiene nada que ver con la aureola de pintor maldito al estilo romántico perpetuada por la crítica oficial, sino con la discriminación (que en todo el mundo tiene un signo económico, étnico y racial). Frente a ella, el artista afirmó su libertad individual por medio de la autenticidad: a Humareda solo le interesó producir su obra y no escalar socialmente a costa de obsecuencias personales ni concesiones artísticas.
(No) Siempre
París
A París viajé en 1966. Hice una
exposición en el Peruano Norteamericano y con ese dinero me
fui en el vapor Donizetti. Llegó
a Barcelona a
fines
de octubre e inmediatamente fui al Museo Picasso. No
vi sus óleos, solamente un dibujo de
un loco, porque hacían
una exposición de Pablo Picasso en el Grand Paláis, en París. En Madrid
me alojé en la calle
Campomanes. La dueña de la pensión me dijo dónde quedaba el Museo del
Prado. Estuve todo
el
día, desde las nueve hasta las cinco
de la tarde. Me
maravillé ante “Los fusilamientos” de
Goya, la pintura negra… “El aquelarre” y
los grabados. Vi Velázquez. “Las meninas” están en cuarto con
un espejo y vi los bufones. Al día siguiente tomé un avión hasta París. En el Louvre estuve admirado
ante “Betsabé” de Rembrandt y
“La matanza de
Quíos” de Delacroix. París es
bellísimo. Visité el museo d’Orsay donde vi “El caballo
blanco” de Gauguin y una
catedral a distintas horas
de Claude Monet, que
son las variaciones de
la
luz. Ah, el más impresionante de todos, Manet. Victorine Meurent
posó para él…la “Olympia” de Manet.
Muy caro era
París para mí, pero muy
hermoso. No pude ir al teatro ni a los conciertos, ni donde las chicas. Yo dibujaba para
entenderme
con la gente. En París
había dos exposiciones: Vermeer y Picasso, a
ninguna pude ir. París es inmenso y
yo estaba con el problema de
venirme. Es una cosa bien
angustiosa estar en un país extranjero y
no saber el idioma,
ni tener plata.
(El viaje
a París le sirve
para reafirmar la temática que caracteriza el segundo periodo de
Humareda: arlequines, desnudos, caballos y escenas de burdel. Los personajes marginales van quedando de lado, así
como el uso de las tierras. Su
paleta gana en colorido hasta lograr una
intensidad cromática
expresionista
muy propia y que traduce el temperamento sensual
de Humareda. El empaste deja paso a las veladuras y las porciones puras de amarillos, naranjas
y azules agregan intensidad
al lienzo).
El
dominio del color
Dominar el color es
un norte en
mi vida,
es un
faro, como guía a un
puerto. Domina el
color Tiziano, domina el
color Goya, domina el color
van Gogh, domina el
color Velázquez. Cada uno domina el color
dentro de lo que
son, de su espíritu. Sin dominio del
color no hay pintura y
la pintura no es solo
color: es forma, es armonía, es composición, es dibujo y también es realidad. Pero es una realidad que tengo que sentirla, una
realidad que tiene que
gustarme. Es escoger un tema y este tema
tiene que coincidir con mi estado de ánimo, con mi manera de pensar. Pongo
colores puros en
mis cuadros para
que no
haya monotonía. Si todos los colores se combinan hay
una tremenda monotonía,
si todo se
pone puro también hay monotonía. Entonces
tiene que ser entre combinados y
puros, o muy
poco mezclados para
que haya
belleza. Yo creo que se escoge ya un chisguete determinado. El acto
de pintar no
es pasión
sino matemática. Las mezclas casi no son la parte espiritual, es de orden técnico. Se tiene que ser exacto en las mezclas. Incluso empleando el blanco
tiene que ser exacto, matemático: mucho blanco, muy poco o nada.
(Humareda literalmente vivía, soñaba y respiraba colores. Y su oficio
de pintor lo ejerció hasta pocos días
antes de morir. Dibujar y
pintar eran parte de su sustento diario.
Humareda es uno de los pocos maestros del
color de la pintura peruana. Además, es
un dibujante excepcional, motivo
de todo
un estudio aparte).
Arte y política
Una vez le preguntaron a
O’Neill si podía dramatizar la
lucha de clases y O’Neill
dijo que la política y el arte
no andaban juntos. Es lo que él respondió. Yo diría, por ejemplo, cuando Don Francisco de
Goya
hizo el cuadro “Los fusilamientos del 3 de mayo”,
con
su gran conocimiento y su gran
espíritu reflejó la invasión napoleónica a España. Según dicen lo hizo
para que
la
humanidad no sea tan cruel,
pero la humanidad sigue siendo cruel.
Goya
refleja en el cuadro su gran conocimiento en la composición, en
el
color, para encontrar lo dramático. El farol reflejando a
un hombre cetrino, que
esta con los brazos abiertos,
de rodillas, y a los demás. Todo el movimiento lo ha dado en las víctimas españolas que
están en diferentes movimientos; de desesperación, de angustia. En cambio, los franceses están monótonamente, hay
una cosa
monótona. Casi se repite la misma posición,
se repiten las mismas formas a
propósito, para crear monotonía.
Si un pintor tiene mucho conocimiento -si es
pintor y gran
conocedor de la pintura- no
va a hacer cuadros políticos
y los va a hacer. Parece
una calle en dos sentidos, van los carros y vienen. No
sé cuándo entra el
pintor y cuándo entra el político, no
sé. Si no hay conocimiento no
puede
haber cuadro político, si no hay conocimiento del pintor, no hay nada.
Pinté “El mitin”, “El toque de queda”,
“La noche de los generales” y
otros cuadros para
expresar un estado, un momento donde vivo, un estado de
angustia. Yo reflejo mis estados de
angustias, con la misma emoción que
sintió Goya cuando la invasión napoleónica. Yo tengo más de Goya que de
los expresionistas alemanes.
(Humareda plantea la disyuntiva dialéctica
de la conexión entre el arte y la política y
la resuelve con los cuadros que pinta en la fase
final de la dictadura militar de Morales Bermúdez. Después de
diez años
de dictadura militar,
el proletariado y la izquierda peruana comienzan a movilizarse. Esta resistencia política alcanza
el clímax en el histórico paro nacional del 19 de julio de 1979, catalizador
de la convocatoria a
la Asamblea Constituyente, donde la izquierda peruana tiene una
importante participación. Humareda angustiado -como
buen lector de Sartre que era-
e indignado por
la
represión militar
retoma los colores tierras y
ocres
para pintar sus cuadros de temas políticos. En
el año histórico de 1979, Humareda
también produce cinco
litografías de la serie “Los tribunales”, gran ejemplo de su maestría en el dibujo
y la
composición.
Es importante precisar que Humareda se
distancia del expresionismo histórico, representado por
los expresionistas alemanes. Y
no menciona para nada el expresionismo abstracto
europeo y norteamericano de los años
50, que
gana adeptos en Lima
por esos
años. En algunos cuadros del
segundo periodo humarediano, podemos observar la preeminencia de porciones de color
sobre la representación figurativa y
este
sentido hay una convergencia -aunque
cada uno a su
manera- con el periodo postrero de
Sérvulo Gutiérrez.
Casi rozan con la abstracción, aunque ambos de
forma bastante original
y distanciados del conceptualismo vacuo
de algunos pintores
abstractos coetáneos).
“Yo
no soy expresionista”
Claro, los colores expresan sentimientos. Eso ya no es dominio del color.
Eso
es lo que no me
pudo enseñar Urruchúa, el espíritu atormentado lo tengo yo. Así he nacido o
así me hace el mundo, los demás, y
mi continua búsqueda de
la belleza. La parte técnica la puedo aprender.
Tiziano es nacido en otra época
con un
gran espíritu y
paralelo a ese
gran espíritu, un
gran conocimiento. Ahí el pasado se hace
presente, en el sentido del oficio. Sartre ya lo dijo: “el pasado se hace presente”. Entonces, ese
conocimiento tengo que
ponerlo en mis cuadros. Los
expresionistas buscan plasmar sus sentimientos deformando la realidad. Dándole mucho más
color, exagerando las formas, acentuando el carácter de los personajes. Yo no
busco ser expresionista, ni
he pretendido serlo.
Es una manera de mirar de
los
críticos, pero no,
no
me han retratado, no han dado conmigo.
Como diría Baudelaire, los críticos también somos hipócritas, “hipócrita lector”. Y Humareda es claro: no lo hemos retratado, no hemos dado
con él. Quizás
debido a nuestros prejuicios conceptuales, desinformación o
por caer en la apología fácil
y anecdótica. Humareda
encuentra su lenguaje expresionista gracias a la obra pictórica de
Gutiérrez Solana, que nos
remite a las
pinturas negras de Goya:
obras consideradas precursoras del
expresionismo, a secas. Humareda lo afirma conscientemente:
“Yo tengo más de
Goya que
de los expresionistas alemanes”. Y es que
el
pintor peruano encuentra el expresionismo grafico inherente
a la realidad de
Nuestra América y revela nuestra condición
humana, la del habitante de
la periferia: sea
peruano o latinoamericano. Si el expresionismo alemán de principios del siglo
XX
elabora una visión
interiorizada y existencial propia de
los
países capitalistas, nuestro
expresionismo indaga el dolor, la
angustia, el sufrimiento, la
miseria y la muerte derivados de las
contradicciones sociales
de las economías periféricas. El sufrimiento es
más visceral, más
carnal, más palpable. Sin
duda, la miseria económica envilece
y produce imágenes grotescas, cargadas de violencia. Como ya hemos dicho, este periodo atonal se
caracteriza por las
veladuras y los colores tierras y
ocres. Y mayormente plasma la Lima marginal. En el segundo periodo, el de los
colores luminosos,
los arlequines y desnudos le sirven de pretexto para “hacer color”
(Humareda dixit). La orgía de
rojos, amarillos, violetas y
verdes diluyen las líneas que
delimitan lo figurativo.
Para terminar
y parafraseando a Hal Foster, Humareda
tomó una posición como artista y
lo hizo de tal
manera que logró
juntar en su
obra lo estético, lo cognitivo y lo crítico en una constelación precisa.
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